El exfutbolista, en conversación con El Espectador, repasó el título continental de Santa fe en 2015.
Los hinchas de Independiente Santa Fe no pueden olvidar aquel 9 de diciembre. Esa noche, en el estadio Nemesio Camacho El Campín, en la final de Copa Sudamericana contra Huracán de Argentina.
En la memoria de quienes asistieron al Coloso de la 57 aún permanecen las caretas de león pegadas en cada asiento; el tren, el escudo y el león que la tribuna sur formó a la salida de los equipos; y, en oriental, el nombre de Independiente Santa Fe acompañado del escudo rodeado por los títulos que hasta entonces había conseguido el equipo cardenal. Todo ello bajo los juegos pirotécnicos que, durante los himnos, se convirtió en una banda sonora perfecta.
Los hinchas, antes de que el árbitro central diera inicio al partido, Tenían las manos sudorosas y el corazón agitado.expectantes tras el 0-0 en Buenos Aires. Para los jugadores, el nerviosismo y la ansiedad también eran inevitables. Así lo recuerda Juan Daniel Roaentonces un joven de 24 años —copete hacia el lado derecho, lampiño de barba y bigote, y con dientes blancos y bien alineados—, pieza clave del equipo que conseguiría la otra mitad de la gloria.
«El día anterior todo era una fiesta. Todos unidos, viviendo ese momento antes de la final. El día del partido todo el mundo estaba concentrado, mentalizado en que ese era nuestro día».
Roa no estaba al ciento por ciento. Tenía un esquince de tobillo que arrastraba desde hacía semanas. y tuvo que jugar infiltrado. Todo valía la pena con tal de quedar en la historia del primer campeón colombiano. Jugar así, con el dolor escondido, representaba de alguna manera lo que era ese Santa Fe: un equipo que había aprendido a soportar los golpes del torneo ya responder en los peores momentos.
Ya lo había demostrado semanas antes, contra Sportivo Luqueño, en una semifinal que parecía escaparse de las manos. En el partido de ida Santa Fe perdió 1-0 desde el minuto 13 y no encontró la forma de revertir el marcador. Un cambio lo modificó todo: ingresó Baldomero Perlaza. En el minuto 60, tras un rebote de un balón disputado entre Luis Quiñones y un mediocampista paraguayo, Baldomero controló, dio un paso hacia atrás y, con la fuerza de todos los hinchas, sacó un derechazo rasante desde más de 20 metros.
«Ese fue el gol más anhelado. Baldomero a veces jugaba ya veces no, y entra ese día de suplente y marca ese golazo. Yo veo cómo entra ese balón, y era un equipo que nos tenía sometidos. Así se ganan los partidos. Ese fue el momento más difícil y desde ahí decía: las cosas se nos están dando, y se nos van a dar», recuerda Roa.
Y se dieron. Pero no hay drama sin pecado. En la final, en el partido de vuelta en Bogotá, hubo pocas emociones durante los 90 minutos. Todo se extendía al alargue y el marcador seguía en tablas; entonces, la historia se definiría desde el punto penal. Para Roa, esa tanda no fue un asunto técnico, sino un duelo de fe. “Lo que se vivió dentro de la cancha es algo que no se puede explicar: nervios, incertidumbre y tantas cosas que se le pasaron a uno por la cabeza, pero los que patearon siempre tuvieron la decisión de que iban a hacer el gol”, menciona Roa.
Pero, además de los pateadores, esa noche fue de consagración para un jugador en particular: Róbinson “Rufay” Zapata. Primer penalti para Huracán: Zapata lo tapa. Segundo cobro, pelota al travesaño. Tercer penalti, gol argentino. Cuarto cobro, el decisivo: Patricio Toranzo toma carrera, corre hacia el balón, golpea, y Rufay se queda en el centro, levanta las manos, rosa la pelota, que pega en el travesaño… Santa Fe es campeón. “Rufay esa noche estuvo espléndido, se lució”dice Roa.
Pocos podían creer lo que acababa de suceder. “Ya lo habíamos conseguido, pero seguíamos pensando: ¿será que sí es verdad?”, cuenta Roa. Y, aunque diez años después pareciera que esa noche fue un sueño, la verdad es que marcaron un precedente para el fútbol colombiano. “Fuimos el primer equipo colombiano en conseguirla, y hasta el momento el único”, recuerda hoy el mediocampista.
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