Un nuevo año y con él, la vieja tentación de hacer propósitos. También para el aquello, que suele quedar relegado entre el gimnasio que no se pisa y la dieta que siempre empieza el lunes. Esta vez la idea es distinta: menos épica y más sensatez, menos promesas heroicas y más atención a las ganas reales, Esas que no siempre llegan puntuales ni obedecen al calendario ni al entusiasmo ajeno.
Primer propósito: hacer los pasos con las ganas. No exigirles rendimiento, frecuencia ni resultados medibles. Las ganas no son un músculo ni un indicador de desempeño. Aparecen cuando se les deja espacio, cuando no se les persigue con cronómetro ni se les compara con versiones pasadas, supuestamente más fogosas y menos cansadas.
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Segundo propósito: volver a hablar de aquello. Hablar de verdad, no con listas de mercado ni con reproches camuflados. Decir lo que gusta, lo que no, lo que genera curiosidad y lo que definitivamente no va. El diálogo sigue siendo el lubricante más subestimado y, además, no tiene efectos secundarios en el departamento inferior.
Tercer propósito: dignificar el catre. La cama no es solo el sitio donde uno se desploma al final del día con el celular en la mano. El catre merece intención, tiempo y algo de ceremonia: sábanas decentes, luz amable, menos pantallas y más presencia. El aquello también agradece el contexto.
Cuarto propósito: reconciliarse con el cuerpo que llega al catre. No el de las publicidades ni el de los filtros, sino el real, con historia, marcas y cansancios. La planta baja no exige perfección, exige confianza. El deseo se lleva muy mal con la vergüenza permanente.
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Quinto propósito: permitirse pequeñas novedades. No fuegos artificiales ni acrobacias innecesarias, sino cambios mínimos: otros horarios, otros ritmos, otros escenarios. A veces basta mover un mueble -real o simbólico- para que aquello vuelva a interesarse.
Sexto propósito: Aceptar los tiempos de vacaciones flacas sin dramatizarlos. Hay semanas intensas y otras tranquilas. El aquello no firma contratos de permanencia ni responde bien a la culpa. Entender eso ahorra silencios largos y discusiones inútiles.
Séptimo propósito: reírse más. El sexo se equivoca, se distrae, se adelanta o se queda corto. Tomárselo con solemnidad excesiva suele ser la forma más rápida de arruinarlo. El humor, en cambio, acerca, relaja y humaniza el encuentro sobre cualquier mueble..
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Sin más, que el año que comienza traiga menos presión y más curiosidad, menos manuales y más escucha, menos debe ser y más ganas bien puestas. Feliz año para todos. Que no falten salud, afecto… y un catre bien dispuesto. Hasta luego.
ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO
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