No es una prohibición tecnológica per sees un intento de recuperar la espontaneidad perdida entre historias, flashes y pergaminos infinitos.
Cómo funciona una discoteca «Phone-Free». La mayoría de locales, como el legendario. Pikes Ibiza oh las fiestas Disco Marisco en El Molino de Barcelona, están optando por una solución intermedia: al entrar, el personal coloca una pegatina sobre las cámaras del móvil. Permiten usarlo para enviar un WhatsApp de emergencia o pedir un Uber a la salida, pero no para grabar. Si te pillan quitando la pegatina o intentando hacer una foto, te invitan amablemente a irte.
La tecnología del bloqueo. Mientras que las pegatinas confían en la buena fe del asistente, otros recintos están importando una solución más drástica del mundo de los conciertos: las fundas Yondr.

Son estuches de neopreno que se bloquean magnéticamente al entrar al recinto y solo se pueden abrir en zonas específicas a la salida. Artistas como Bob Dylan o Jack White han sido algunos de los artistas más sonados en implementarlas. Igual en un tiempo hablamos de que el ocio nocturno comienza a ver este sistema como la única vía para garantizar la desconexión.
Cringe y el miedo a ser viral. Detrás de esta medida hay un factor psicológico bastante potente. Algunos jóvenes de la Generación Z sienten vergüenza o inseguridad a la hora de bailar en público por temor a ser juzgados en redes. Saber que nadie graba, genera un espacio seguro donde la desinhibición vuelve a ser posible.
Una tendencia social. Esta búsqueda de la desconexión «obligada» no es exclusiva de la noche; existen incluso bares en Ámsterdam donde se va a leer o jugar a juegos de mesa. Y oo estamos viendo también en celebraciones privadas. Cada vez son más comunes las invitaciones de bodas con la advertencia de «sin móviles». Aunque la realidad, eso sí, demuestra que es un acto muy difícil de cumplir.
Tanto en una boda como en una discoteca, el enemigo es el mismo: y no es otro que la atención fragmentada. Estudios recientes confirman que el simple hecho de desbloquear el móvil interrumpe nuestros ciclos de atención y reconfigura nuestros circuitos de recompensa, impidiendo que entremos en un estado de disfrute.

Lo odiamos, pero lo hacemos. El éxito de estas medidas revela algo evidente, y que es una contradicción social. De acuerdo a encuestas del medio citado, la mitad de los asistentes creen que los móviles arruinan la experiencia, ya la misma vez, el 55% admite usarlos para grabarse.
Es similar a lo que ocurre en las cenas, un hecho del que ya hablábamos hace una década. En aquel entonces, el 88% de las personas desaprobaban el uso del teléfono inteligente en la mesa, pero casi todos lo hacían. Las discotecas «phone-free» actúan como un regulador externo para una adicción que nos cuesta controlar.
La infantilización necesaria. Resulta irónico que las medidas que aplicamos en la noche sean un espejo de lo que ocurre por el día en los colegios. El debate sobre prohibir los móviles en las aulas (que dejó hace tiempo de ser realmente un debate) para mejorar la concentración de los alumnos ha llegado al mundo adulto. Al final, la incapacidad de autorregulación no entiende de edades: necesitamos que un tercero nos quite el dispositivo para volver a socializar «como antes».
En esencia, parece que para volver a conectar con los demás, primero tenemos que desconectar por decreto. Así somos.
Imagen de portada | Composición con imágenes de Wikimedia Commons y generadas por Pepu Ricca para Xataka Móvil
En Xataka Móvil | Quería desintoxicarme del móvil, así que probé un smartphone sin distracciones durante una semana. Tengo buenas y malas noticias



