En el marco de la conmemoración del Día Mundial de las Enfermedades Tropicales Desatendidas, que se celebra cada 30 de enero por iniciativa de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el dengue vuelve a ocupar un lugar central en la agenda de salud pública en Colombia. La fecha busca visibilizar el impacto que este tipo de enfermedades tiene sobre las poblaciones más pobres del mundo, un llamado que resulta especialmente relevante para el país, donde el dengue sigue siendo una amenaza persistente y desigual.
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El dengue es una de las enfermedades transmitidas por mosquitos que más afecta a comunidades vulnerables, tanto en Colombia como a nivel global. Se estima que cerca de la mitad de la población mundial está en riesgo de contraerlo y que cada año se producen entre 100 y 400 millones de infecciones. En el contexto colombiano, lejos de tratarse de un fenómeno nuevo o estrictamente estacional, el dengue ha acompañado al país durante décadas, consolidándose como un desafío estructural para la salud pública.
Desde 2020, la enfermedad ha dejado 755 muertes confirmadas y millas de hospitalizaciones en el país. Foto:Gobernación
En los últimos cincuenta años, el número de casos de dengue —tanto en su forma leve como grave— y la incidencia de la infección por el virus DENV han aumentado de manera alarmante. Las cifras recientes reflejan con claridad esta tendencia. Solo en 2025, Colombia reportó 123.745 casos de dengue, de acuerdo con el Instituto Nacional de Salud (INS). De ese total, 45.708 personas requirieron hospitalización y se notificaron 392 muertes probables, de las cuales 118 fueron confirmadas, 236 descartadas y 38 permanecen en estudio.
El panorama acumulado resulta aún más preocupante. Desde 2020 hasta 2025, el país ha registrado más de 759.000 casos de dengue y 755 muertes confirmadas a causa de esta enfermedad. Detrás de estas cifras hay un patrón claro de desigualdad: en 2025, cerca del 87 % de los contagios se presentó en población perteneciente a los estratos 1 y 2, según datos del INS.
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Las regiones más afectadas durante ese año fueron Santander, con 11.087 casos; Meta, con 10.418; Córdoba, con 10.403; Norte de Santander, con 8.739; y Antioquia, con 8.115. Este comportamiento endémico, caracterizado por ciclos de brotes recurrentes y miles de casos reportados anualmente, pone en evidencia la necesidad de una respuesta sostenida en el tiempo, con enfoque comunitario, fortalecimiento de la vigilancia epidemiológica y decisiones respaldadas por evidencia científica.
Actualmente, no existe una vacuna para prevenir el dengue. Foto:iStock
El impacto del dengue no es homogéneo. Las mayores afectaciones se concentran en zonas con menor infraestructura sanitaria, donde existen deficiencias en el acceso al agua potable y en los sistemas de alcantarillado. A esto se suman las comunidades con alta densidad poblacional, condiciones que facilitan la propagación del mosquito Aedes aegypti, principal vector de la enfermedad.
» Regiones con índices mayores de pobreza, donde la capacidad de prevención y respuesta es limitada y personas que viven en condiciones de vivienda precarias, favorecen la reproducción del mosquito Aedes aegypti. En efecto, según el Instituto Nacional de Salud, el año pasado el 54,97 % de los casos positivos para dengue (64.022) se presentaron en personas del estrato 1″, señaló Andrés Navarrera, Jefe de Asuntos Médicos de Takeda Colombia.
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Estas brechas convierten al dengue no solo en un problema sanitario, sino en un reflejo de desigualdades estructurales que persisten en el país. La evidencia que ciertos grupos enfrentan mayores niveles de exposición, entre ellos quienes habitan en zonas endémicas con recolección irregular de basuras o viviendas sin protección adecuada, así como viajeros que llegan a estas regiones en periodos de alta circulación viral. También están en mayor riesgo profesionales del sector salud, integrantes de las fuerzas militares y policiales, agricultores, obreros de la construcción y recolectores de basura.
La prevención se basa en evitar las picaduras de mosquitos. Foto:iStock
A estos factores sociales y laborales se suman riesgos individuales que pueden agravar la evolución de la enfermedad. Personas con comorbilidades como diabetes, hipertensión, obesidad, bajo peso infantil, enfermedad renal crónica o inmunosupresión tienen mayor probabilidad de desarrollar formas graves de dengue. La edad también es una clave determinante: los niños pequeños, adolescentes y adultos mayores presentan un riesgo elevado de deshidratación y complicaciones.
Otro factor crítico es la reinfección. Aquellas personas que contraen dengue por un serotipo distinto al de una infección previa tienen un riesgo significativamente mayor de desarrollar dengue grave. La obesidad, por su parte, se ha asociado con estancias hospitalarias más prolongadas, debido a que puede debilitar la respuesta del sistema inmune frente al virus.
«El dengue no tiene tratamiento antiviral específico; por ello, la prevención sigue siendo el eje central de control. Además de las estrategias convencionales como el uso de repelentes, mosquitos, ropa cubierta en horarios de mayor actividad del vector y eliminación semanal de criaderos de mosquitos, existe la opción de la vacunación», afirmó Navarrera.
EDWIN CAICEDO
Periodista de Medio Ambiente y Salud
@CaicedoUcros
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