En tiempos de elecciones, candidatos, campañas y encuestas, la cama deja de ser un refugio íntimo para convertirse en un escenario político de alta complejidad. Un espacio donde no hay tarjetones, pero sí votos silenciosos; donde no se levantan actas, pero se sienten derrotas; donde el cuerpo, ese electorado volátil, participa sin pedir permiso y se abstiene con contundencia cuando algo no le convence. La pareja lo aprende tarde o temprano: el deseo también hace política.
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El catre funciona como un parlamento permanente. Allí llegan propuestas, programas de gobierno, promesas de cambio, anuncios de inversión en la planta baja y compromisos solemnes de “ahora sí”. La contraparte escucha, evalúa, contrasta con la experiencia previa. Porque el cuerpo –como votante escarmentado– recuerda campañas pasadas y no se deja seducir por eslóganes reciclados. La importancia de la coherencia.
Las ganas se comportan como electores indecisos: dudan, se retraen, observan. El cansancio irrumpe como minoría con poder de veto. El estrés presenta movimientos de aplazamiento. La rutina, cuando no se discute, termina gobernando por decreto. Y entonces nadie sabe cuándo, cómo ni por qué se dejó de desear, pero todos sienten el impacto.
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Hay campañas limpias y campañas sucias. La limpia escucha, respeta tiempos, reconoce fronteras y evita invadir territorios sin consentimiento. La sucia apela a la culpa, al chantaje emocional ya la nostalgia: “antes funcionaba”, “siempre ha sido así”, “no cuesta nada”. Esa estrategia gana elecciones rápidas, pero gobierna mal. La culpa moviliza, pero debilita.
En esta negociación, aquello ocupa un ministerio sensato. Tiene memoria institucional y capacidad de sanción inmediata. No olvidas promesas incumplidas ni cambios anunciados que nunca llegaron. Cuando pierde la confianza, no protesta: se ausenta. La abstención, en este recinto, es un gesto político claro.
Las encuestas engañan. Decir “sí” de día no garantiza gobernabilidad de noche. Prometer innovación y repetir la vieja política erosiona la legitimidad. El trámite reemplaza al placer y el entusiasmo se jubila temprano.
El poder real no siempre está donde se cree. Quien maneja los tiempos, gobierna. Quien propone pausas inteligentes, gana respaldo. El orgasmo, gran obra de infraestructura, no se inaugura sin planeación y cuidado.
Cuando se apagan las luces, queda lo esencial: dos soberanías intentando convivir. La cama no exige unanimidad, exige respeto. Y deja una lección incómoda: quien no escucha, pierde. Quien no cumple, no repite. Y quien cree que el deseo se gobierna por decreto, termina durmiendo solo, incluso con todas las encuestas a favor. Hasta luego.
Esther Balac – Para EL TIEMPO
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