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La tusa, el desamor, el corazón roto… aunque la lógica nos invita a distraernos en momentos difíciles, somos terco por naturaleza: hacemos exactamente lo contrario a lo que nos “convendría”. Si ya estamos tristes por una ruptura, no buscaríamos más tristeza en lo que debemos curarnos, ¿no es así?
Pues en el artículo Los placeres de la música triste: una revisión sistemáticapublicado en la Biblioteca Nacional de Medicina, los investigadores Matthew E. Sachs, Antonio Damasio y Assal Habibi analizan esta aparente contradicción: si la tristeza es desagradable —no mala, hay que aclarar—, ¿por qué, paradójicamente, puede resultar placentera si la vemos desde afuera?
Según la misma investigación, la música triste suele tener tempo lento, tonalidad e intensidad sonora menor. Además, las letras (cuando las hay) logran traer a nuestra memoria los arrepentimientos, los amores perdidos, el dolor. Y es por eso que los recuerdos se sienten tan frescos.
Los autores retoman lo que se denomina la “paradoja de la tragedia”: básicamente, evitamos el sufrimiento real, pero lo buscamos en contextos más bien lejanos, con mayor estética —es decir, más “digerible”— porque eso puede generar recompensas psicológicas.
Como explican los autores Daan Evers, profesor asistente en la Universidad de Groningen, y Natalja Deng, profesora de Filosofía en Underwood International College, en su artículo El reconocimiento y la paradoja de la tragediauna de las razones por las que el arte trágico puede resultar consolador es que muestra que “los humanos siguen siendo capaces de comportarse con dignidad y nobleza”, incluso cuando somos responsables de nuestra propia desgracia.
Es como si las canciones, el cine, los libros, los productos culturales que reflejan nuestro lado más humano no empeoran la desgraciasino que ayudan a procesarla mucho mejor.
Aristóteles hablaba de catarsis, así denominaba a esa purga emocional. Y, sobre eso, Sachs, Damasio y Habibi señalan que, en el caso de la música triste, las personas suelen reportar beneficios como regulación emocional, sensación de conexión, comprensión de sus propios sentimientos y hasta consuelo. Es sufrir para ganar.
La investigación también permite conocer y analizar distintas posturas teóricas. Veamos de qué se trata.
Por un lado, se asegura que la música no provoca tristeza “real”, sino una versión más amable, que no traslada las consecuencias a la vida real. Otros, en cambio, defienden que Sí se experimenta tristeza auténtica, pero que puede ser gratificante porque ocurre en un entorno controlado. Incluso se ha propuesto que ciertos mecanismos biológicos vinculados al consuelo podrían activarse sin que exista una amenaza real: liberamos prolactina, que ayuda a aliviar el dolor que podemos estar sintiendo.
Además, los estudios citados muestran que la música triste puede activar regiones cerebrales asociadas al procesamiento emocional, como la amígdala y el hipocampo. Es decir, el cerebro responde como si se estuviera experimentando esa emoción genuina.
Eso ayuda a entender por qué, tras una ruptura, muchas personas eligen canciones que coinciden con su estado de ánimo.
Las diferencias entre seres humanos importan más de lo que creemos, pues no todos tramitamos las emociones de la misma manera. Esta investigación arroja que rasgos como la empatía, la apertura a la experiencia del corazón roto o la tendencia a la introspección influyen en cuánto podemos disfrutar, incluso, de la tristeza.
La música siempre funciona como espejo emocional. Incluso en los tragos más amargos, es esa compañera que valida lo que ocurre por dentro. Permite llorar, recordar, reinterpretar y, poco a poco, reorganizar el dolor. Todo, sin sentirnos juzgados (y con respaldo científico).
Para usted, ¿cuál es la mejor ¿canción para vivir una ruptura? Lo leemos en los comentarios.
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