En pocos años, las plataformas y formatos de videos cortos como TikTok, Instagram Reels, YouTube Shorts, Facebook Reels, entre otros, se instalaron en el centro de la vida digital global. El consumo de contenidos audiovisuales breves, diseñados para ser vistos en secuencias ininterrumpidas y altamente personalizadas, crece a un ritmo acelerado y atraviesa fronteras, edades y contextos educativos.
Jóvenes y adolescentes pasan buena parte de su tiempo libre —y no tan libre— desplazándose por pantallas que ofrecen estímulos constantes, gratificación inmediata y una promesa permanente de novedad. El fenómeno no es marginal: se ha convertido en una de las principales formas de entretenimiento, socialización y acceso a la información para nuevas generaciones.
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Ese crecimiento vertiginoso ha abierto una pregunta incómoda, pero cada vez más presente en la discusión pública y académica: ¿qué está pasando con la capacidad de atención de quienes crecen inmersos en este tipo de consumo digital? Estudios científicos recientes y las voces de expertos en neuropsicología, psicología del desarrollo y educación coinciden en un punto central: sí, el uso intensivo de plataformas de videos cortos está asociado a transformaciones significativas en la forma en que los jóvenes atienden, procesan información y sostienen el esfuerzo cognitivo.
Los videos cortos están afectando la concentración juvenil, dicen expertos. Foto:iStock
Micro-recompensas y cerebros impacientes
Desde la neuropsicología, el punto de partida del análisis está en la arquitectura misma de estas plataformas. Héctor Andrés Orejarena Silva, magíster en Neuropsicología Aplicada a la Educación y profesor del programa de Psicología de la Universidad de Santander, explica que el consumo frecuente de videos cortos “mantiene el circuito de recompensa dopaminérgico a través de micro-refuerzos que llevan a una búsqueda constante de novedades”. En términos simples, cada video funciona como una pequeña descarga de gratificación inmediata, que prepara al cerebro para pedir la siguiente.
Ese mecanismo tiene consecuencias directas sobre la atención. “Esto propicia que el individuo debilite progresivamente su habilidad para mantener la atención en tareas complejas como la lectura o la escritura”, señala Orejarena Silva. El problema no es solo la distracción ocasional, sino un cambio en la tolerancia al esfuerzo cognitivo: “el sistema cognitivo se torna impaciente ante estímulos que no ofrecen gratificación inmediata”.
Dos estudios científicos, uno realizado por la American Psychology Association y otro por investigadores de la Griffith University (Australia), refuerzan esta idea. Ambos textos coinciden en que existe una asociación sólida entre el consumo intensivo de videos cortos y un menor desempeño en funciones ejecutivas clave, particularmente la atención sostenida y el control inhibitorio. La lógica es consistente: cuando el cerebro se habitúa a estímulos breves, intensos y cambiantes, sostener la concentración durante períodos prolongados se vuelve cada vez más costoso.
Los expertos advierten que el problema no es solo cuánto se consume, sino cómo, cuándo y con qué efectos. Foto:iStock
Atención fragmentada: lo que dice la psicología del desarrollo
Juan José Giraldo Huertas, psicólogo con trayectoria en desarrollo cognitivo en la Facultad de Ciencias del Comportamiento de la Universidad de La Sabana, advierte que la evidencia científica más reciente muestra “una asociación muy firme entre el uso intensivo de videos cortos y un menor rendimiento en funciones cognitivas claves para el aprendizaje y también para procesos de socialización”.
Giraldo subraya que uno de los hallazgos más consistentes es la disminución de la atención sostenida y del control inhibitorio. “Cuesta más concentración por periodos prolongados y regular el impulso de seguir viendo”, explica, en referencia al gesto casi automático del ‘scroll’ infinito. En contextos educativos, ese patrón se traduce en dificultades para leer textos largos, estudiar durante más de 20 minutos o resolver problemas complejos sin sentir una urgencia constante por cambiar de estímulo.
Sin embargo, el psicólogo introduce una clave matiz: no se trata de un daño irreversible ni de una afectación homogénea. “No hay un daño permanente, pero sí hace que sea un entrenamiento hacia patrones de atención mucho más cortos y fragmentados”. En otras palabras, el cerebro aprende —y se acostumbra— a funcionar en intervalos breves, lo que puede entrar en tensión con las exigencias del aprendizaje formal.
Expertos alertan sobre sobrecarga cognitiva y dificultades para sostener el esfuerzo intelectual. Foto:iStock
¿Y la memoria? Un impacto más indirecto
Uno de los puntos más debatidos en la literatura científica es el efecto de los vídeos cortos sobre la memoria. Aquí, las conclusiones son menos categóricas. Giraldo Huertas señala que “la memoria no parece tener un efecto directo” asociado al uso de estas plataformas, y que varios estudios muestran resultados contradictorios.
Adriana Martínez, profesora del Departamento de Psicología de la Universidad Javeriana, coincide en esta apreciación, pero introduce una distinción importante. Más que una afectación de la memoria en sentido clásico, lo que se observa es una alteración en la memoria de trabajo, es decir, la capacidad de manipular mentalmente la información. “Los niños y adolescentes pueden mostrar una disminución en esta capacidad”, explica, lo que se traduce en dificultades para realizar cálculos mentales, mantener el hilo de una conversación o seguir una historia compleja.
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Además, tanto Martínez como Giraldo coinciden en que la memoria puede verse afectada de forma indirecta por un factor crítico: el sueño. El consumo nocturno de videos cortos, muchas veces sin supervisión adulta, interfiere con el descanso, y “la relación con el sueño es fundamental para la consolidación de la memoria”, advierte Giraldo. Así, el problema no es solo cuánto contenido se consume, sino cuándo y en qué condiciones.
Psicólogos y educadores coinciden en que la prohibición no es la salida. Foto:iStock
Sobrecarga cognitiva y aprendizaje superficial.
Desde el campo educativo, Ana Dolores Vargas, directora de profesores e investigación de la Facultad de Educación de la Universidad de La Sabana, describe el fenómeno como un desafío creciente dentro y fuera del aula. La presencia constante de tecnología ha llevado a documentar riesgos asociados a la sobrecarga cognitiva, la fatiga digital y la dificultad para desconectarse, con efectos directos “en la salud emocional y en la capacidad de concentración de los adolescentes”.
Uno de los rasgos distintivos del consumo de videos cortos es la premura: contenidos diseñados para terminar rápido y ser reemplazados de inmediato. “Esto genera que al final sepan un poco de todo, pero no a profundidad”, señala Vargas. El resultado es un aprendizaje fragmentado, que dificulta la argumentación, la reflexión sostenida y la construcción de conocimiento profundo.
Si bien algunas investigaciones sugieren que cierta carga cognitiva adicional puede estimular el aprendizaje, la directora advierte que aún no está claro “cuánto más sería esa carga cognitiva realmente adecuada para los adolescentes”. El riesgo aparece cuando la estimulación constante supera la capacidad de procesamiento y deriva en agotamiento mental.
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Plataformas, algoritmos y responsabilidad compartida
Ante este panorama, la discusión sobre prohibir o regular las plataformas emerge de forma inevitable. Los expertos coinciden en que la prohibición estricta no es la solución. Orejarena Silva es contundente: “La prohibición es poco efectiva, ya que no trata la raíz del hábito ni fomenta la autorregulación”. En su lugar, propone intervenir en el diseño de las plataformas, cuestionando algoritmos de refuerzo intermitente que califican como “depredadores”.
Giraldo Huertas plantea una ruta similar, basada en tres ejes: regulación del diseño (limitando el ‘scroll’ infinito y estableciendo pausas automáticas), educación en autorregulación digital y una protección diferenciada según la edad. “El cerebro adolescente es vulnerable, pero en niños más pequeños el impacto puede ser aún mayor sobre el neurodesarrollo y las funciones ejecutivas”, advierte.
Desde la educación, Vargas subraya la necesidad de promover un uso equilibrado y consciente, tanto en el ámbito académico como en el familiar. Además, llama la atención sobre el rezago colombiano en esta discusión: mientras otros países avanzan en marcos centrados en los derechos digitales de niños y jóvenes, en Colombia el debate apenas comienza a tomar forma.
Un punto que todos los expertos subrayan es la necesidad de evitar simplificaciones. La evidencia disponible es mayoritariamente correlacional. “No son los videos cortos los que causan directamente los problemas atencionales”, aclara Giraldo Huertas. Existen variables previas —como dificultades de autorregulación, rutinas familiares o prácticas educativas— que pueden aumentar la vulnerabilidad de algunos niños y adolescentes.
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Adriana Martínez añade que la mayoría de las investigaciones son transversales y se basan en muestras de contextos distintos al colombiano. Aún faltan estudios longitudinales que permitan evaluar los efectos a largo plazo. Sin embargo, la consistencia de los hallazgos en torno a la atención sostenida es difícil de ignorar.
En ese sentido, el debate no debería centrarse únicamente en el tiempo de pantalla, sino en preguntas más complejas: ¿el joven puede detener voluntariamente el consumo?, ¿desplazar actividades fundamentales como el sueño o la lectura?, ¿el uso genera malestar antes o después? Las respuestas a estos interrogantes ofrecen un diagnóstico más preciso que cualquier cifra aislada.
El desafío, entonces, no es demonizar la tecnología, sino comprender sus efectos y construir una cultura de uso consciente. Según expertos, padres, educadores, plataformas y Estados comparten la responsabilidad de proteger el desarrollo cognitivo de niños y jóvenes en un entorno digital que llegó para quedarse. La evidencia ya no permite mirar hacia otro lado: el ‘scroll’ infinito no es neutro, y sus efectos sobre la atención están empezando a quedar claramente documentados.
EDWIN CAICEDO
Periodista de Medio Ambiente y Salud
@CaicedoUcros
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