Si Albares afirmó con rotundidad no saber nada del asunto es porque el asunto no existía o nadie se lo había dicho. En el segundo supuesto, la retahíla de dimisiones debería ser una suerte de cascada ruidosa y atronadora, porque tal grado de descoordinación no es aceptable cuando se trata de un tema de esta envergadura. Dimisión, equipo nuevo y vuelta a empezar. Por su parte, el primero de los supuestos –la inyección de una confusión deliberada en la opinión pública– cuenta con precedentes y con una trayectoria que lo hace no solo posible, sino cotidiano.
El presidente ha impuesto una forma de ejercer el poder basado casi exclusivamente en la actuación directa sobre la atención –no la opinión, que también– pública, sobre ese territorio donde se decide qué ocupa el centro de la conversación y, por tanto, qué queda desplazado hacia sus márgenes. Cuando las versiones se multiplican y el episodio se llena de interpretaciones contradictorias, que se superponen antes de que ninguna pueda consolidarse, el dirigente que ocupa el centro del foco conserva, sobre todos los demás actores, la ventaja de que el ruido no lo paralice porque es obra suya, y puede, así, redistribuir las miradas.
La estrategia, más afilada según se va estrechando el cerco sobre él y su entorno familiar y su partido, es fijar el marco. Este es el objetivo de cualquier organización o liderazgo en la opinión pública. Lo novedoso es que el marco del sanchismo no es la claridad, sino la confusión; no es la conversación, sino el ruido. Incide, no actúa, sobre la opinión pública acerca de un tema antes siquiera de que éste pueda haberse formado; la delimitada y una vez delimitada, deja establecida la información, sus tempos y hasta los temas de discusión.
El contexto, claro, le beneficia porque hoy la política existe dentro de un ciclo informativo que no se detiene y que rara vez concede el tiempo necesario para que una escena se fije con precisión antes de que aparezca la siguiente. De hecho, premia ese tipo de movimientos rápidos que ordenan el escenario mientras el episodio todavía está ocurriendo. Lo que en apariencia es caos –versiones que se contradicen, declaraciones que nadie confirma ni desmiente del todo, silencios que se interpretan en todas direcciones– funciona en realidad como un mecanismo de control eficaz, porque un debate que no encuentra suelo firme donde apoyarse no puede avanzar hacia ninguna conclusión incómoda.
El método ha reaparecido con regularidad a lo largo de la legislatura, siempre en momentos de tensión especial: surgen adversarios que concentran la conversación pública –los «pseudomedios», la llamada «derecha judicial», los «tecnoligarcas» –y el debate nacional se reorganiza en torno a ese nuevo eje mientras sigue sin haber unos Presupuestos, mientras el Gobierno cosecha día sí y día también, derrotas parlamentarias; Mientras los casos judiciales que efectos de lleno a Moncloa continúan su proceso… No es que los problemas desaparezcan cuando la conversación los abandona, sino que su capacidad de generar consecuencias políticas inmediatas se reduce mientras permanecen fuera del foco.
El arte de gobernar el ruido, no para acallarlo, –un gobierno debería ser fuente de claridad ante la controversia y no la controversia misma–, sino para domesticarlo y ganar tiempo para el siguiente movimiento.
La política, sin embargo, conserva una dimensión que el ruido nunca consigue borrar del todo, aunque lo disimule durante períodos considerables. Las mayorías parlamentarias se consolidan o se rompen en votaciones concretas; los presupuestos determinan lo que un gobierno puede hacer en la realidad y no solo en el discurso; Las instituciones acumulan prestigio o desgaste.
Hay una tensión, en el fondo. El ruido puede ordenarse durante un tiempo la conversación pública; el tiempo, a su manera más lenta e implacable, termina ordenando la realidad. Entre esas dos temporalidades –la vertiginosa del escenario mediático y la pausada de las instituciones– discurre hoy buena parte de la política española y del camino que tome depende, en gran medida, de su propio futuro.



