Dormir juntos no es lo mismo que encontrarse. Muchas parejas creen que por compartir la misma cama cada noche el asunto de aquello queda más o menos resuelto, como si la cercanía física garantizara una faena. Pero no. El catre puede terminar convertido en un punto de llegada simple: dos personas aterrizan cansadas, revisan el celular, acomodan la almohada y listo. Se apaga la luz. Fin de la jornada. Mientras tanto, en el departamento inferior Todo queda en silencio, como esperando que alguien recuerde que ahí abajo también vive. parte importante de la relación.
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La rutina tiene ese talento raro de volver todo demasiado predecible. Los días pasan, el trabajo cansa, aparecen las preocupaciones y el lecho empieza a parecerse más a una estación de descanso que a un lugar de encuentro. No es que las ganas desaparezcan; es que se quedan quietasesperando una señal. Algo que las despierte, que les recuerden que el asunto de aquello todavía está en la agenda de la pareja.
El problema, casi siempre, no es la edad ni el estrés que tanta gente menciona. El asunto es que muchas personas dejan de jugar. Dejan de insinuar. Dejan de provocar. Y entonces el sexo, que en el fondo es bastante juguetón, se queda ahí… medio dormido, como un electrodoméstico que nadie vuelve a encender.
pero el deseo no es complicado. A veces basta una mirada distintauna frase con picardíauna risa compartida o una mano que decide explorar un poco más de lo habitual. cosas pequeñas que despiertan la planta baja y recuerdan que todavía hay trabajo por hacer.
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Conviene decirlo con franqueza: la imaginación es un músculo que también se atrofia cuando no se usa. Si todo ocurre siempre igual, a la misma hora, con la misma coreografía y con la misma cara de sueño, es natural que el entusiasmo salga en estampida por la ventana. El que necesita un poco de sorpresa, algo de juego, cierta conspiración doméstica.
Por eso vale la pena rescatar el gato de su destino puramente funcional. Ese mueble no está ahí solo para descansar ni para que dos personas revisen el celular en silencio. También puede ser un escenario donde se decide, con cierta alegría, que todavía quedan cosas por descubrir.
Cuando eso pasa la planta baja se anima, entra en actividad y la cabeza vuelve a recordar que el coito no es solo biología sino también juego.
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Y entonces la alcoba deja de ser simplemente el lugar donde dos personas terminan el día y el catre vuelve a ser ese espacio donde se descubre —entre risa y ganas— que encontrarse siempre resulta mucho más divertido y gustoso que simplemente acostarse juntos.
Hasta luego.
ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO
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