Aunque este tema ya ha sido visitado —y no precisamente de paso— en esta columna, hay asuntos que, como ciertas mañas del departamento inferior, regresan con una terquedad casi entrañable. si que el orgasmo fingido no es solo un recurso escénico, es casi un patrimonio cultural no declarado: una coreografía aprendida, repetida y perfeccionada con los años, donde algunos actores han alcanzado niveles de interpretación que harían sonrojar a cualquier escuela de teatro.
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Porque fingir, en estos terrenos, no es simplemente simular —eso sería demasiado básico—, es construir una narrativa completa: el ritmo, la respiración, el nivel de temblor estratégico, el sonido oportuno (ni muy sobreactuado, ni sospechosamente sobrio), todo en una sincronía digna de orquesta bien dirigida. Hay quienes incluso dominan el arte de la mirada posterior, esa que mezcla satisfacción, agotamiento y una pizca de misterio, como decir “esto fue profundo”, cuando en realidad fue, digámoslo con elegancia, funcional.
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Lo interesante —y aquí empieza lo verdaderamente humano— es que el finimiento rara vez es gratuito. No suele hacerse por perversión artística sino por razones más terrenales: evitar herir, acelerar el trámite, premiar el esfuerzo o, en algunos casos, cerrar un capítulo que claramente no daba para la segunda edición. Una especie de cortesía corporal que, si se mira con lupa, revela más sobre la relación que sobre el acto mismo.
El problema, por supuesto, es que aquello tiene memoria. Y cuando la ficción se vuelve costumbre, el cuerpo empieza a asistir a sus propios encuentros como espectador, cumpliendo el libreto sin mayor entusiasmo, como quien repite una obra ya demasiado ensayada. Y ahí el catre deja de ser escenario de descubrimiento para convertirse en teatro de rutina, con aplausos incluidos pero sin verdadera emoción.
Y sin embargo —porque siempre hay un sin embargo—, desmontar esa pequeña mentira requiere algo más incómodo que fingir: conversación, honestidad y la disposición a aceptar que no todo ha sido tan brillante como se creía. No es fácil decir “esto podría ser mejor” sin que alguien lo reciba como una crítica estructural a su existencia, pero tal vez ahí esté la diferencia entre actuar y encontrarse de verdad.
Al final, el orgasmo fingido es menos un engaño que una señal —a veces elegante, a veces desesperada— de que algo en la partitura no está del todo afinado. Y quizás la pregunta no sea quién finge, sino por qué se volvió necesario hacerlo. Porque cuando aquello funciona, no hay necesidad de aplausos… y mucho menos de actuación.
Hasta luego.
ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO
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