«Nuestra guerra no es una guerra civil, una guerra de pronunciamiento, sino una Cruzada de los hombres que creen en Dios, que creen en el alma humana, que creen en el bien, en el ideal, en el sacrificio, que lucha contra los hombres sin fe, sin moral, sin nobleza… Sí, nuestra guerra es una guerra religiosa. Nosotros, todos los que combatimos, cristianos, musulmanes, somos soldados de Dios y no luchamos contra otros hombres, sino contra el ateísmo y el materialismo, contra todo lo que rebaja la dignidad. humana, que queremos elevar, purificar y ennoblecer”.
¿Una Cruzada con cristianos y musulmanes en el mismo bando? Tras ser nombrado Generalísimo de los Ejércitos y Jefe del Gobierno del Estado en octubre de 1936, Francisco Franco puso uno de sus principales empeños en justificar la participación de tropas marroquíes indígenas en su campaña de “liberación nacional” y en integrar el credo islámico a unas fuerzas en las que al ejército regular se le sumaban los tercios de la Comunión Tradicionalista carlista.
Así lo trataba de argumentar al propio Franco en las declaraciones al diario francés. El Écho que abren este artículo, pronunciadas en plena guerra. Para dejar de manifiesto que no se trataba sólo de palabras, la Junta de Defensa Nacional concedió en uno de sus primeros decretos la Gran Cruz Laureada de San Fernando, máxima distinción militar española, al Gran Visir marroquí del Protectorado español, Ahmed Ganmia, por su “lealtad a España”.
Esa normalización en el seno de los efectivos sublevados de los cuerpos de Regulares Indígenas, Tiradores de Ifni y Mehajas jalifianos no era un asunto menor. Tanto por su volumen, ya que llegaron a sumar 80.000 hombres al bando nacional, como por la propaganda que emprendió la República contra los “moros”, a quienes la propia Dolores Ibárruri, la Pasionaria, tildaba de “salvajes y violadores” en sus discursos por sus prácticas con la población civil.
Así fue cómo Franco pronto convirtió su alzamiento en una “Cruzada contra la fe”, aunando en este caso la fe cristiana y la musulmana como una sola. Obviando para ello a conveniencia tanto el discurso patriótico de la Reconquista –forjado en el siglo XIX– como las campañas españolas de Marruecos y apelando por el contrario a un glorioso pasado común entre cristianos y musulmanes.
La huella del legado árabe y andalusí se convirtió en lugar común en muchos de sus discursos. Pese a que de ese glorioso pasado común también formaba parte la comunidad sefardí, los judíos quedaron situados sin más en el bando enemigo en conjura con los masones.
La prensa falangista, lógicamente, se sumó al argumentario y en su órgano oficial, Mano de obralos soldados marroquíes fueron definidos como “viejos guerreros del Islam” y “raza hermana”. Asimismo, en defensa del credo musulmán, Franco no dudó en facilitar y fomentar en plena guerra la peregrinación de los fieles a La Meca y dispuso la mezquita de Córdoba para sus rezos, segregando el culto religioso de la zona que ocupa la catedral católica en su interior.
Los soldados indígenas fueron definidos por Falange como “viejos guerreros del Islam” y “raza hermana”
En abril de 1937, el propio Franco, acompañado de Gonzalo Queipo de Llano, a la sazón general en jefe del Ejército del Sur, y del cardenal Eustaquio Ilundain, recibió en Sevilla a la expedición de musulmanes que habían peregrinado a La Meca con la financiación del bando sublevado con el Gran Visir al frente.
El Jefe de Estado les regaló los oídos con el discurso de hermandad que ofrecemos íntegro. En un ejercicio de contradicciones, fueron los pelayos –las juventudes carlistas llamadas así en honor del héroe de la Reconquista cristiana– quienes animaron la fiesta.

También en plena guerra, el propio Caudillo promovió en Tetuán una comisión cultural que acabaría convirtiéndose al acabar el conflicto y en su honor el Instituto General Franco de Estudios e Investigación Hispano-Árabe, dedicado a la recuperación del legado de Al Ándalus. De la misma forma, descubrieron que su guardia de cuerpo fuese, precisamente, la Guardia Mora.
Una hermandad considerado meramente instrumental por muchos historiadores que acabaron reportando al régimen acabada la guerra una inesperada carta frente al aislamiento internacional. Hasta el punto de que el papel de diversos países árabes resultó clave en el reconocimiento de la España franquista por parte de Naciones Unidas.
El discurso
“Excelentísimo Gran Visir de Marruecos, excelentísimos señores y acompañantes, a todos vosotros, peregrinos de vuestra fe:
«Volvéis orgullosos de vuestro Oriente porque venís de cumplir el deber de todo buen musulmán. Allí, en contacto con los otros hermanos islámicos, habéis podido ver la grandeza de vuestro pueblo, y aquí en Sevilla, en el solar hispano, podréis ver también en estas piedras y en estos ladrillos, la obra de vuestros antepasados.
”Yo celebro, como jefe del Estado y Generalísimo de los Ejércitos nacionales, haber podido ayudaros a lograr ese objeto, ese fin, esa esperanza de todo buen musulmán.
España y el Islam han sido siempre los pueblos que mejor se comprendieron
«Yo deseo que meditéis en estas palabras. España y el Islam han sido siempre los pueblos que mejor se comprendieron. Cuando por estos lugares y estos campos vuestros antepasados pasaron, el pueblo musulmán tuvo una cultura, una ciencia, una grandeza, grandeza que se funde en sangre de Marruecos y de España. Por eso muchos lleváis el apellido español, porque lleváis el recuerdo de la tierra española.
”En estos momentos nuevos del mundo, cuando surge un peligro para todos, que es el peligro de los hombres sin fe, es cuando se unen todos los hombres con fe para combatir a los que no la tienen.
«Vosotros que venís de hacer esta afirmación de fe, sois los que mejor podéis comprender nuestra lucha. La obra nefasta de Rusia va contra las costumbres, va contra las mezquitas, va contra todo lo que tiene valor espiritual, que es lo fundamental del Islam, el pueblo musulmán.
”Nosotros os prometemos que, vencido el enemigo rojo y conseguida la paz, podremos infiltrarnos en la cultura que un día derramasteis por estos solares.
Vencido el enemigo rojo y conquistada la paz, infiltraremos la cultura que un día derramasteis por estos solares.
”En Córdoba habrá una cátedra que estudie lo árabe, donde os entregaremos nuestros libros, nuestra antigua ciencia, para que vuestros hijos puedan estudiar la ciencia militar sobre la grandeza de una raza.
”Lo mismo que hoy vais a la Meca, Oriente de la fe, y os purificáis y lleváis allí la afirmación de vuestros sentimientos y de vuestra fe, así también volveréis mañana los musulmanes del mundo a recorrer nuestros lugares, que yo deseo que vuelvan a florecer y que en ellos os ilustréis y os perfeccionéis, como buenos musulmanes.
«Alteza, Visir Imperial: el amor fraterno de los españoles lleva los sentimientos mejores del jefe del Estado y de los hombres españoles hacia el pueblo musulmán. Y cuando florezcan los rosales de la paz, nosotros os entregaremos las mejores flores.»




