El domingo de Pascua y la semana que le sigue tienen ese aire de regreso que no necesita mucha explicación. Para quienes creen, la vida que vuelve a ponerse de pie; para quienes no, el cierre de unos días de descanso en los que cada quien hizo lo que quiso… o lo que alcanzó. En cualquier caso, la escena es conocida: maletas medio abiertas, casa retomando el orden y la sensación de que, por fin, se vuelve al ritmo propio. Y en ese regreso, la cama propia vuelve a tener la palabra.
Porque aquello no hizo pausa. Durante la semana de descanso, el cuerpo hizo lo suyo –a veces con tiempo, a veces a la carrera, a veces entre el ruido, a veces en silencio–, pero siempre encontró cómo aparecer. Hubo quienes quisieron “recuperar el tiempo perdido”, como si el deseo llevara contabilidad… y ahí, más de uno terminó cansado sin necesidad. Porque el aquello no se acumula ni se paga con intereses.
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Las ganas no se suspenden por calendario. Se acomodan. Se cuelán. Se adaptan. Y cuando toca, hacen lo que tienen que hacer. Lo que cambia ahora no es el deseo. Es el escenario.
Porque una cosa es el aquello en camas ajenas –con cierta cautela, con adaptación, con ese aire de estar de paso– y otra muy distinta es cuando se vuelve a la cama propia. Pero no a la cama rutinaria, esa que repite fórmulas, sino a la cama conocida: la que no exige traducción, la que entiende sin instrucciones, la que permite improvisar porque ya sabe por dónde va el asunto. Y ahí está la diferencia.
Menos desaforo, más sentido. Menos carrera, más ritmo. Las ganas ya no tienen que correr ni demostrar nada. Pueden equivocarse, cambiar, explorar, reírse si toca. La cama propia, cuando no se convierte en rutina, es justamente eso: un lugar donde el aquello deja de ser tarea y vuelve a ser juego.
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La semana de Pascua, en ese sentido, no trae milagros. Trae confianza. Menos ruido, menos interrupciones, menos necesidad de encajar en lo que toca. Y cuando eso pasa, el cuerpo –que nunca se fue– se mueve distinto: con más libertad, con más intención, con menos esfuerzo.
Para unos, la Pascua confirma que la vida sigue. Para otros, que terminó el descanso. Pero en ambos casos, hay algo que se siente sin necesidad de explicarlo: el deseo no necesita empezar de nuevo, solo necesita estar en un lugar donde pueda moverse sin guion.
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Porque si algo debe dejar claro esta semana es que el aquello nunca estuvo en pausa. Solo estaba esperando volver al catre de siempre… no para repetir, sino para hacerlo mejor. Hasta luego.
ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO
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