Hay cambios culturales que salvan vidas. Uno de ellos ha sido la evolución de la actitud hacia el cáncer de seno, uno de los más frecuentes entre las mujeres. Hace unos años era común la resistencia al autoexamen femenino, lo que limitaba la posibilidad de una detección oportuna de la enfermedad. Ahora el autoexamen femenino ya no tiene misterio, y la detección temprana y la salvación de vidas es algo mucho más frecuente.
Pero en este momento se requiere una nueva revolución cultural: la de aceptar que los hombres también pueden tener cáncer de mama y promover su prevención.
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José Joaquín Caicedo es uno de los mastólogos más reconocidos del país. Fue presidente de la Asociación Colombiana de Mastología y creó hace veinte años la Fundación Amese, que apoya a mujeres con enfermedades del seno. Francisco Azuero también es doctor, pero en Economía, y es profesor asociado de la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes, donde enseña análisis del entorno. Esas vidas, tan distintas en apariencia, se unieron a partir de una gota de sangre. y hoy buscan abrirles los ojos a los hombres.
¿Cómo empezó todo, Francisco?
Hace unos diez años comencé a sentir unos síntomas que no parecían muy extraños: un poco de sangrado en el pezón derecho. A veces incluso manchaba la camiseta, pero no le puse mayor atención. Como mi esposa me insistía en que revisara eso, yo hice lo que hace mucha gente: busqué en Google y me salió algo así como ‘pezón de atleta’, generado por el roce con la camiseta. Como hago ejercicio, pensé que podía ser eso, pero mi esposa no quedó convencida y me dijo que fuimos al médico para que me examinaran bien.
¿Y qué paso en esa primera consulta?
El médico me mandó a hacer unos exámenes, primero una imagen y después una biopsia. A partir de esos resultados se confirma que era cancerígeno. Hasta ese momento uno busca explicaciones tranquilizadoras y supone que lo que uno tiene no es grave, pero la biopsia lo enfrenta a uno con la dureza de la palabra cáncer.
Francisco Azuero, paciente de cáncer de mamá. Foto:Juan Jairo Pérez. EL TIEMPO
El caso de un hombre con cáncer de mama es sorprendente, al menos para un lego como yo… Doctor Caicedo, ¿qué tan frecuente es el cáncer de mama en hombres?
En Colombia, en 2022 hubo alrededor de 17.000 casos nuevos de cáncer de mama en mujeres, una cifra que además viene aumentando. En nuestra experiencia, en hombres estamos hablando de alrededor del 0,2 %, mientras que a nivel mundial puede estar entre el 0,5 y el 1 %. Es una incidencia aún baja, pero no es despreciable.
Si es tan raro, ¿por qué es importante hablar de esto?
Porque la rareza juega en contra. Como la gente no piensa que un hombre pueda tener cáncer de mama, los síntomas pueden pasar inadvertidos. Además, como el hombre tiene muy poco tejido mamario, cuando se detecta suele estar más avanzado. Por eso es tan importante que la gente sepa que sí puede ocurrir, y que debe considerarse dentro de los posibles diagnósticos.
Francisco, en su caso, ¿el médico que lo vio en primera instancia pensó en esa posibilidad?
De entrada, no descartó la idea, ordenó los exámenes y la biopsia se hizo rápido. En cáncer, el tiempo importa muchísimo. Si uno tiene un signo de alarma y el médico reacciona con gravedad, se gana un tiempo precioso.
¿Y cómo recibió usted la noticia?
Obviamente uno se pregunta: “¿por qué a mí?”. Y más cuando uno sabe que las estadísticas son tan bajas. Los primeros días fueron muy angustiosos, porque una cosa es oír la palabra cáncer y otra distinta no saber todavía en qué estado está, si hay metástasis o qué tan comprometido está el cuerpo. Esa incertidumbre produce mucha angustia. Afortunadamente conseguí pronto una cita con el doctor Caicedo y pudimos hacer rápido los exámenes necesarios.
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¿Qué significó saber que se había detectado temprano?
Fue un alivio enorme. El sangrado terminó siendo una buena noticia porque fue la señal que llevó a buscar ayuda. Sin ese sangrado, el tumor habría podido seguir creciendo de manera silenciosa.
Cuando habló por primera vez con el doctor Caicedo, ¿cambió su forma de entender lo que estaba pasando?
Sin duda. La primera consulta fue tranquilizadora. Lo primero que me dijo fue que no me asustara, que había que hacer exámenes para establecer el alcance del problema, pero que el hecho de haber detectado pronto permitía tener una expectativa razonable. Eso no eliminó la angustia, porque seguían pendientes exámenes para descartar metástasis, pero sí bajó un poco el nivel de pánico.
Doctor Caicedo, ¿qué importancia tiene que el hallazgo de un cáncer de mama masculino se dé en estado temprano?
Hace toda la diferencia. Un tumor detectado en estado temprano tiene una probabilidad de control y de sobrevida muchísimo mayor que uno detectado en estado avanzado. En el caso de Francisco, el tumor se encontró en estado 1, una etapa inicial, y eso cambió completamente los pronósticos. Si se hubiera descubierto más tarde, la situación sería distinta. En cáncer, detectar temprano no es un detalle: es lo que cambia toda la historia.
José Joaquín Caicedo, ex presidente de la Asociación Colombiana de Mastología. Foto:Juan Jairo Pérez. EL TIEMPO
Aparte del estado de avance, ¿hay otras cosas que inciden en la gravedad del tumor?
Hay tumores hormonales y hay tumores más agresivos, como los llamados triple negativo. En nuestra estadística, el triple negativo representa cerca del 13% y es el que más nos preocupa porque concentra una mortalidad más alta. En el caso de Francisco, el tumor tenía dependencia hormonal, y eso incidió en el tratamiento posterior.
¿Y en qué consistió ese tratamiento?
Una vez descartada la metástasis, había que ir a cirugía. Las guías internacionales, en casos de cáncer de mama en hombres, suelen recomendar la mastectomía, porque hay poco tejido. Llevé el caso a una junta y me recomendaron lo mismo. Sin embargo, hicimos resonancia y ecografía, y vimos que la distancia del tumor a la tetilla nos daba un espacio. Lo conversé con Francisco, porque uno no trata enfermedades sino enfermos, es decir, personas, y decidimos proceder, conservando la tetilla. Diez años después, el resultado ha sido excelente.
Francisco, ¿qué se le pasó por la cabeza en esos días?
Uno se enfrenta inevitablemente a la posibilidad de la muerte. No es que hubiera estado al borde, pero sí hubo unos días de mucha angustia en los que empecé a pensar en esos términos, y eso resulta aleccionador. Lo pone a uno en otra relación con su cuerpo y con la vida. Uno descubre que no controla tanto las cosas como creía, que hay una vulnerabilidad que uno prefiere ignorar, pero que está ahí.
¿Encontró alguna respuesta a la pregunta “por qué a mí”?
Hoy lo veo distinto. Todos estamos expuestos a cosas improbables: un accidente, un infarto, una enfermedad grave. El hecho de que algo sea improbable no significa que no pueda pasarle a uno. Esa reflexión, con el tiempo, me ayudó a tranquilizarme. Ya no lo veo como una injusticia personal, sino como una contingencia de la vida. Más bien siento que tuve suerte: se detectó un tiempo y encontré un médico extraordinario.
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Doctor Caicedo, usted ha vivido historias de salud críticas como médico y también como paciente. ¿Cómo cambia la mirada?
Cambia mucho. Yo mismo tuve una experiencia muy cercana a la muerte y eso me aterrorizó. Los médicos tendemos a creer que no nos enfermamos y los pacientes a creer que sus médicos tampoco. Pero no: todos somos vulnerables. La oncología, además, es una especialidad de una enorme carga emocional. Esa conciencia de vulnerabilidad lo vuelve a uno más humilde y también más insistente en la prevención.
Pero ¿hay unos perfiles más vulnerables que otros?
En hombres, es muy raro que el cáncer de mama aparezca antes de los 50 años. Lo habitual es que surja a partir de la sexta década de la vida. En mujeres el espectro es mucho más amplio: he tenido pacientes desde los 26 años hasta los 90. Lo importante es saber que esto le puede pasar a uno en cualquier momento. Hay factores genéticos en algunos casos, pero también una relación con los hábitos de vida, el medio ambiente, el estrés, la obesidad y el sedentarismo.
Usted ha dicho que el cáncer de mama viene en aumento en Colombia. ¿Por qué?
Porque nuestro estilo de vida está pasando factura. Mientras más desarrollado es un país o una ciudad, mayor tiende a ser la incidencia de ciertos cánceres, entre ellos el de mama y el de colon. En esto influyen la mala alimentación, la comida chatarra, la falta de ejercicio, el sedentarismo y la obesidad. Si uno pone el mapa del cáncer de seno en el mundo sobre el mapa de la obesidad, casi se superponen. La grasa produce hormonas y cerca del 85% de estos tumores tienen relación con el componente hormonal.
¿El ejercicio realmente protege?
Si. Está demostrado como un factor preventivo, pero no solo eso: en pacientes que ya han tenido cáncer, el ejercicio mejora la sobrevida. No es una intuición ni una recomendación vaga: está sustentado en estudios clínicos. De modo que cuando hablamos de hábitos saludables no estamos hablando de una consigna vacía, sino de medidas que tienen efectos reales.
De izquierda a derecha: Francisco Azuero, José Joaquín Caicedo y Mauricio Reina. Foto:Juan Jairo Pérez. EL TIEMPO
Francisco, ¿qué cambió en su vida después del diagnóstico?
Ante todo se consolidó una actitud más tranquila y reflexiva. Empecé a meditar y trato de hacerlo casi todos los días. La meditación me ayuda a dominar el estrés ya tomar las cosas con más calma. Cambió mi disposición ante la vida: menos sobresalto, más serenidad, más conciencia de lo esencial.
Si a un hombre le detecta cáncer de mama en una cultura como la nuestra, uno se imagina que puede haber dos reacciones opuestas: tratar de ocultarlo o volverse un abandonado de la prevención. ¿Usted se volvió un abandonado?
No diría que de manera militante. Más bien he participado cuando me lo han propuesto: en un libro del doctor Caicedo, que trata de hacer pedagogía a través de historias de vida (Cáncer de mama… la vida continua), y ahora en esta entrevista. Pero sí entiendo que contar el caso de uno les puede servir a los demás. Si alguien lee o ve esta conversación, identifica el síntoma y consulta a tiempo, habrá valido la pena.
Doctor Caicedo, ¿entonces qué deberían hacer los hombres y las mujeres?
Lo primero es hacer conciencia de que esto existe. En las mujeres, el autoexamen y la consulta médica desde edades tempranas son fundamentales. En los hombres, aunque sea raro, también hay que atender signos como sangrado, retracción, nódulos o cambios en la tetilla. Hay que perder el pudor. Así como se enseña a los niños a examinarse los testículos, también debería enseñarse a reconocer alteraciones en el pecho.
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¿Desde qué edad habría que empezar a formar esa conciencia?
Muy temprano. En mujeres, desde el final del desarrollo mamario, en la adolescencia tardía, para aprender a conocer su cuerpo. Y desde los 25 años, idealmente, deberían tener un examen clínico periódico. En hombres, más que fijar una edad exacta, importa enseñar que el problema puede existir y que un signo de alarma no debe ignorarse. El silencio y la desinformación son malos aliados.
¿Qué tan altas son hoy las probabilidades de éxito cuando el cáncer se detecta temprano?
Muy altas. En un estado uno, la sobrevida a diez años supera el 95%. En nuestra experiencia, como la mayoría de los casos que tratamos se detectan temprano, las tasas de supervivencia son altas. El gran desafío es que más pacientes lleguen al consultorio en esos estados iniciales y no cuando el cuadro ya está avanzado. Ahí hay una tarea enorme de educación, de atención primaria y de cultura de prevención.
Si tuviera que dejar un mensaje final, ¿cuál sería?
Que el cáncer de mama no es exclusivamente femenino, que la detección temprana salva vidas y que debemos romper tabúes. No se trata de vivir con miedo, sino de vivir atentos. Examinarse, consultar a tiempo y asumir con naturalidad estas conversaciones puede hacer una diferencia radical en el desenlace.
MAURICIO REINA
Especial para EL TIEMPO
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