A partir de los 30 años, millones de personas comienzan a escuchar con mayor frecuencia una recomendación casi automática: hacerse chequeos médicos “preventivos”. Sin embargo, detrás de esta práctica, ampliamente promovida en consultas médicas y paquetes de salud, hay una serie de matices, límites y riesgos que rara vez se explican con claridad. Dos especialistas en medicina interna coinciden en una idea central: la prevención no se trata de hacer más exámenes, sino de hacer los correctos.
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“El enfoque no es hacer más, sino hacer lo correcto según la edad, el riesgo y el contexto clínico”, explica el doctor Diego Valero, médico internista de la Clínica del Occidente. En la misma línea, Eleonora Vizcaíno Pabón, especialista en Medicina Interna y subgerente médico de la Clínica La Colina, advierte que “no existe un paquete universal para todos los pacientes” y que cualquier chequeo debe partir de una evaluación individual.
Médicos internistas alertan sobre pruebas innecesarias. Foto:carrusel
Los 30: el inicio de la vigilancia silenciosa
Contrario a la creencia de que la prevención comienza en edades más avanzadas, los especialistas insisten en que desde los 30 años ya deben establecerse controles básicos.
En esta década, los exámenes indispensables incluyen la medición de la presión arterial, el perfil lipídico, la glucosa en ayunas o la hemoglobina glicosilada, además de un examen físico general. A esto se suma el tamizaje de salud mental, un aspecto que, según Valero, suele pasarse por alto.
Vizcaíno complementa que, además, deben evaluarse variables como el peso y el perímetro de cintura, indicadores clave de riesgo metabólico. En el caso de las mujeres, ambos coinciden en la importancia de incluir controles ginecológicos, como la citología cervical.
Pero incluso en esta etapa temprana, aparece uno de los errores más comunes: asumir que más pruebas significan mejor prevención. “Hay exámenes que se piden de más sin un beneficio claro, como ecografías de rutina, marcadores tumorales o estudios hormonales indiscriminados”, señala Vizcaíno.
Los especialistas advierten que más solicitudes no significan mejor prevención. Foto:iStock
Los 40: el riesgo cardiovascular entra en escena
A partir de los 40 años, el enfoque cambia. Ya no se trata solo de detectar factores de riesgo, sino de estimar la probabilidad de eventos graves como infartos o accidentes cerebrovasculares.
En esta etapa, además de los controles básicos, se introduce la evaluación del riesgo cardiovascular global. Esto implica no solo exámenes, sino el uso de escalas clínicas que integran antecedentes, hábitos y resultados previos.
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Valero menciona que, dependiendo del perfil del paciente, pueden incluirse estudios como ecocardiogramas. Sin embargo, subraya que estos no deben realizarse de manera automática, sino guiados por el riesgo individual.
En las mujeres, se suma la mamografía como herramienta de detección temprana de cáncer de mama. Mientras tanto, pruebas como la evaluación de la función tiroidea solo se recomiendan si existen síntomas o factores de riesgo específicos.
El chequeo es una revisión que incluye todos los análisis básicos de laboratorio. Foto:iStock
Los 50: la prevención del cáncer toma protagonismo
Al llegar a los 50 años, el espectro de los chequeos se amplía, especialmente en lo relacionado con la detección de cáncer.
En esta década, los especialistas recomiendan incorporar el tamizaje de cáncer colorrectal, ya sea mediante pruebas de sangre oculta en heces o colonoscopias. Vizcaíno agrega que, dependiendo del caso, también pueden considerarse estudios como endoscopias digestivas o evaluaciones de próstata en hombres.
En paralelo, el análisis cardiovascular se vuelve más estricto. Valero señala que, según el perfil clínico, pueden requerirse pruebas más avanzadas como pruebas de esfuerzo o monitoreos cardíacos tipo Holter.
La clave está en personalizar los controles y evitar riesgos como el sobrediagnóstico. Foto:iStock
El mito de “entre más exámenes, mejor”
Uno de los puntos en los que ambos especialistas son enfáticos es en desmontar una creencia ampliamente extendida: que hacerse más pruebas equivale a una mejor prevención.
“Esto no siempre es cierto”, advierte Valero. El problema radica en el sobrediagnóstico, es decir, la detección de condiciones que nunca habrían causado síntomas ni afectada la vida del paciente.
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Los riesgos de este fenómeno no son menores. Incluyen innecesarios, tratamientos que no eran requeridos, efectos adversos de medicamentos o procedimientos de ansiedad, así como un aumento en los costos tanto para el paciente como para el sistema de salud.
Vizcaíno ilustra este punto con ejemplos como nódulos pulmonares asintomáticos que desencadenan una cadena de estudios sin un claro. «No todo lo que se detecta debe tratarse. Hay patologías que deben observarse», afirma.
Valero, por su parte, menciona casos de lesiones benignas o nódulos pequeños que terminan en biopsias o cirugías innecesarias. “Los exámenes deben estar dirigidos por un profesional en la búsqueda de una patología específica, no se trata de un disparo al aire”, enfatiza.
Lo que casi nunca se explica
Más allá de qué solicitudes hacer, hay tres aspectos fundamentales que, según los especialistas, rara vez se discuten con los pacientes.
El primero es que ningún examen es completamente confiable. Existen falsos positivos y falsos negativos, lo que significa que un resultado “normal” no descarta por completo la presencia de enfermedad.
El segundo es la frecuencia. “No todos los cheques deben ser anuales”, explica Vizcaíno. La periodicidad depende del riesgo individual y, en algunos casos, los controles pueden espaciarse cada dos o tres años.
El tercer punto es la preparación. Factores como el ayuno, el consumo de medicamentos o incluso el ejercicio previo pueden alterar los resultados. Sin una orientación adecuada, esto puede generar confusión o interpretaciones erróneas.
Por ello, Valero insiste en que cualquier chequeo debe comenzar con una consulta previa, en la que se explique el propósito de los solicitudes y las condiciones necesarias para realizarlos correctamente.
Detectar más no siempre significa cuidar mejor la salud. Foto:iStock
Otro error frecuente es basarse exclusivamente en los resultados de laboratorio. Ambos especialistas coinciden en que existen síntomas y cambios en el cuerpo que no deben ignorarse, incluso si los exámenes parecen normales.
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Entre las señales de alerta destacan la pérdida de peso no intencionada, la fatiga persistente, el dolor en el pecho, los sangrados anormales, los cambios en los hábitos intestinales o urinarios y la aparición de lesiones nuevas en la piel.
Valero añade otros signos como la disnea de esfuerzo, cefaleas nuevas o cambios súbitos en la piel. También advierte sobre factores silenciosos que pueden pasar desapercibidos, como el sedentarismo, el estrés crónico, la mala calidad del sueño y la alimentación inadecuada.
A esto se suma el consumo de cigarrillos, vapeadores —incluso sin nicotina— y el uso indiscriminado de antiinflamatorios como ibuprofeno, naproxeno o diclofenaco, que pueden afectar la salud renal.
Una prevención con criterio
Al final, la conclusión de ambos especialistas converge en una idea sencilla pero poco difundida: la mejor prevención no es la más extensa, sino la más precisa.
“La medicina preventiva debe ser personalizada”, insiste Vizcaíno. Esto implica escuchar al paciente, entender su contexto, evaluar sus hábitos y realizar un examen físico completo antes de decidir qué pruebas son realmente necesarias.
En palabras de Valero, no se trata de disparar al azar, sino de actuar con criterio clínico.
EDWIN CAICEDO
Periodista de Medio Ambiente y Salud
@CaicedoUcros
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