Foto: El Espectador – Santiago Ramírez Marín
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Cuando Sergio Fajardo sacó su campaña de la escoba, mis redes sociales se llenaron del mismo comentario: “como Regina 11”. Unos en tono reflexivo: “es imposible no asociarlo con Regina 11”, “robándole las banderas a Regina 11”. Otros desde ese humor mediocre que en redes pasa por genialidad: “cómo está de acabada Regina 11”, “Regino 11”, “Regina 11 no pagó asesor español”, “los crespos de Regina 11”, “le robó a Regina 11”. Podría gastar la columna entera repitiendo variaciones de lo mismo.
Lo más curioso no es la asociación, que es obvia. Es el tono: cada quien parece convencido de haber hecho una observación original. La repetición, además, viene con ese pequeño orgullo moral de quien cree haber visto algo tan difícil como especial.
La tapa fue la respuesta de Fajardo: “Ahora que tengo su atención por la escoba y Regina 11, hablemos de nuestra propuesta…”. No sé si la campaña estaba diseñada para activar la burla o que cuando la asociación se volvió inevitable, el equipo decidió resolverla con una obviedad: convertir el comentario repetido en trampolín hacia el mensaje. Lo interesante es que incluso esa “solución” terminó pareciéndose al problema: una fórmula de manual para reciclar ruido en visibilidad.
Desde hace rato, el marketing político viene desdibujando la comunicación política hasta convertirla en un repertorio de fórmulas. Pero la inteligencia artificial o, más exactamente, el uso rutinario y perezoso que muchos equipos hacen de ella, ha traído algo peor: audiencias artificiales para campañas artificiales. No solo tenemos políticos que hablan como si hubieran sido redactados por una inmediato. También tenemos públicos que reaccionan igual: detectan el guiño más obvio, lo convierten en comentario automático y lo repiten con sonsonete de originalidad.
Y, sin embargo, casi nadie se detuvo a pensar la campaña. No porque fuera brillante, sino porque incluso una campaña floja puede decir cosas interesantes. Se podía haber analizado, por ejemplo, por qué la escoba de Fajardo aparecía hacia arriba: no en el gesto de barrer, asociado a lo doméstico y femenino, sino levantada como emblema, casi como arma, casi como insignia moral espartana. Se podía pensar qué significa, en política, “barrer” algo: limpiar, depurar, higienizar. Verbos que suenan bien porque prometen orden sin explicar cómo. Problemas estructurales convertidos en mugre.
También cabía preguntar qué decía eso sobre Fajardo. Un político que durante años cultivó una imagen de sensatez profesoral y tecnocracia moderada termina recurriendo a un símbolo elemental, visualmente enfático, casi caricaturesco. ¿Es un intento de soportar su imagen? ¿Una admisión de que la moderación ya no produce atención? ¿La prueba de que, hasta el centro político, después de despreciar el espectáculo, siente que tiene que imitarlo? Pero no. “Regina, 11” y ya. Esa fue la conversación. Y ahí está lo inquietante: la artificialidad ya no está solo en el emisor; También se ha instalado en la recepción.
Puse a Fajardo como ejemplo, pero tenía decenas más. Dudé, sobre todo, si usar a Mauricio Lizcano. Su equipo, probablemente, pensó: lo que más funciona en redes son los gatos. Entonces lo convirtió en gato y lo pusieron a hablar desde esa imagen. Y como había un gato, la audiencia compartió un gato: un contenido que entra sin fricción en el circuito del comentario rápido, la reacción automática, el “mire esto”, el “michi” Lizcano.
El lío es la escoba y el gato, pero sobre todas las audiencias que creen estar opinando cuando, en realidad, ejecutan respuestas programadas. Audiencias encantadas con su propia agudeza prefabricada. Audiencias artificiales para campañas artificiales. Y todos satisfechos porque, por un segundo, sentimos que hicimos o dijimos algo original.


