Comprender las diatribas ideológicas y personales de las minorías de izquierdas en España, y especialmente en Andalucía, donde las urnas decidirán en un mes exacto si Moreno obtiene (o no) su segunda mayoría absoluta, exige un conocimiento equivalente a desentrañar los litigios religiosos del célebre Concilio de Nicea. Y no precisamente porque la discordia entre las múltiples siniestras tenga algo que ver con la teología.
Sus guerras civiles son bastante terrestres: dinero público, sueldos, listas, representación parlamentaria, contratación de asesores y visibilidad social. La capacidad de construir una iglesia. Todos estos asuntos son los que, en los últimos dos lustros, han marcado los intentos de confluencia entre los partidos —muchos de ellos diminutos— situados a la izquierda del PSOE.
Nicea debe entenderse aquí como una metáfora negativa: el cónclave convocado por Constantino en el 325 dC buscaba unificar la doctrina con la proclamación de la divinidad de Cristo y arrinconar al arrianismo, que la discutía e impedía la identificación total entre el cristianismo y Roma.
No es exactamente esta misma razón la que, en los inminentes comicios del 17M, separa a Por Andalucía —la coalición formada por IU y Sumar, ya la que ahora se ha sumado a regañadientes Podemos— y Adelante Andalucía, el partido soberanista que fundó la exdiputada Teresa Rodríguez y José María González, a quien en su etapa como alcalde le llamaban Kichi I de Cádiz y V de la Bahía.
Adelante es un partido joven y mutante, fruto de las endémicas secesiones que caracterizan la historia de las izquierdas españolas. Surge como una reformulación posmoderna del embrión de los anticapitalistas de Cádiz.
Su historia es promiscua: primero se separaron de IU, después formaron parte del núcleo originario de Podemos, más tarde se divorciaron de la organización de Pablo Iglesias y tuvieron una segunda cohabitación con IU, que incluyó la expulsión de Teresa Rodríguez del grupo parlamentario.
Estas tormentas acabarían dando lugar a la candidatura independiente que ahora encabeza el psicólogo jerezano José Ignacio García, a quien los sondeos otorgan una estimación de voto que puede llegar a superar a Por Andalucía, comandada por Antonio Maíllo, el coordinador estatal de IU.
Que el sorpaso entre estas dos izquierdas meridionales se consume es todavía una hipótesis demoscópica, pero no está reñida con la realidad. Más bien, rima con ella. Hace cuatro años, en las elecciones de 2022, Por Andalucía (con Podemos) obtuvo 5 escaños frente a los 2 de Adelante.

A finales del año pasado, esta distancia de 3 diputados, que dividía el voto de izquierdas sin discutir la supremacía comunista, empezó a menguar hasta ir acercando ambas orillas. ¿La razón? La incapacidad de los partidos de Por Andalucía de articular una confluencia útil y pacífica.
Las interminables guerras internas en Por Andalucía beneficiaron a Adelante, que desde su refundación —hace ahora siete años— decidió, tras la mala experiencia de Anticapitalistas dentro de Podemos, hacer su propia trayectoria en solitario, descartando nuevos ensayos de confluencia.
Esta estrategia ha hecho que a comienzos de este año Adelante Andalucía aparezca en varios sondeos por delante de la alianza IU-Sumar y Podemos Andalucía, cuya irrelevancia en el sur de España es prácticamente total.
El nuevo partido soberanista andaluz superó entonces hasta en dos puntos (un 7,6% frente a un 5,8%) a sus rivales en el ámbito de las siniestras, situándose como el cuarto partido en el tablero político de Andalucía.

Algo estaba sucediendo: la presencia institucional y orgánica de IU en la gran autonomía del Sur, que sobre todo es de ámbito municipal, ya no garantizaba a los comunistas la posición de ventaja que tenían de partida.
Este sorpasso entre Adelante y Por Andalucía parece haberse consolidado, aunque Podemos se haya unido —a última hora y sin dejar de cuestionar a sus socios— a la lista que dentro de un mes encabezará Antonio Maíllo.
Los votos morados, sin embargo, no van a alterar esta distancia —aunque haya dos listas en vez de tres— y se sitúan a las izquierdas andaluzas ante una encrucijada: el trasvase de sus escasos votos entre diferentes candidaturas, una fragmentación mayor y una representación parlamentaria menor.
Hay quien ve en la progresión de Adelante Andalucía la confirmación de la tesis de que aquellas minorías de izquierdas más pegadas al territorio —como sucedió en Extremadura— resisten el desgaste electoral mejor que las organizaciones estatales con una tradición de mando vertical.

Algo de eso hay. Pero el factor esencial es el voto refugio: ante el fracaso de todos los experimentos de convivencia —que convierten en inútiles a coaliciones como Por Andalucía, más preocupada de sus luchas de poder que de ser útiles a los ciudadanos—, los electores de la izquierda radical se mueven hacia un partido soberanista en una región —Andalucía— donde este mensaje político no había tenido históricamente excesiva fortuna.
Adelante Andalucía carece de peso electoral fuera de Sevilla y de Cádiz, donde se concentra la mayor parte de sus votantes. Ambas provincias son las que les han permitido tener representación parlamentaria. En el resto de plazas no tienen ni siquiera representantes institucionales. El hastío en el que están inmersos los votantes de las minorías de izquierdas es colosal.
Tampoco cuenta con una implantación territorial relevante, pero tiene estabilidad organizativa y una tradición anterior –la herencia política de la CUT de Sánchez Gordillo, el histórico alcalde de Marinaleda; el Sindicato de Obreros del Campo (SOC) y el SAT (Sindicato Andaluz de Trabajadores)– que le ha permitido, ante el vacío provocado por las guerras civiles de IU, Podemos y Sumar, erigirse en cabeza de ratón de un espacio que, si hubiera una alianza entre sus minorías, podría obtener entre seis y ocho diputados.
Adelante Andalucía, cuyo candidato tiene 38 años (frente a los 59 de Maíllo), trabaja bien las redes sociales y ha hecho una labor de oposición más efectiva que los diputados de Por Andalucía en esta última legislatura.
Encarna a la nueva generación del andalucismo de izquierdas, similar a la CUP catalana. Más sentimental que ideológica y contraria a pactar con el PSOE. Socialmente testimonial, pero con vocación de moda frente a los comunistas del Antiguo Régimen. Un trostkismo verde carruaje (rociero).



