Izquierda Unida ha festejado este sábado su 40 aniversario reivindicando la vigencia de su acta fundacional, aprobada el 27 de abril de 1986 en pleno ciclo de movilización social tras el referéndum de la OTAN. Cuatro décadas después, y tras un recorrido de altibajos, mutaciones y alianzas, ese documento ha seguido marcando su horizonte político ahora bajo la batuta de Antonio Maíllo. Más aún en un contexto internacional tensionado, con Donald Trump en la Casa Blanca, al que la organización acusa de “auspiciar el genocidio en Gaza” y de “embarcarse en una nueva guerra ilegal, esta vez en Irán”.
El acto, celebrado en el auditorio de UGT en Madrid, ha tenido un arranque cargado de simbolismo. Con las luces apagadas, la responsable federal de elaboración política, Marga Ferré, ha leído el preámbulo fundacional antes de que sonara “A galopar”, el poema de Rafael Alberti musicalizado por Paco Ibáñez y convertido en emblema de resistencia durante el franquismo. A ese ritmo ha entrado Maíllo en la sala flanqueado por sus tres últimos antecesores en el cargo -Alberto Garzón, Cayo Lara y Gaspar Llamazares- en una imagen inédita hasta ahora. También han estado presentes la ministra Sira Rego y el secretario general del PCE, Enrique Santiago.
Ese gesto de unidad ha servido como metáfora de un proyecto que, como han repetido varios dirigentes, “ha sabido levantarse sin rendirse”. IU ha recordado que su texto fundacional apostaba por la paz y la neutralidad —incluida la salida de España de la OTAN y el fin de los acuerdos militares con Estados Unidos—, la cooperación internacional, el desarrollo del Estado autonómico y la lucha contra las carencias del sistema judicial. Cuatro ejes que, han defendido, mantienen plena actualidad.
El aniversario ha reunido a representantes de Sumar, los Comunes, ERC, EH Bildu y Podemos, entre otros. Pero no del PSOE, que no llegó a confirmar su asistencia. Una ausencia la del socio del Gobierno de coalición que ha sobrevolado una jornada en la que IU ha insistido en su papel como espacio de articulación de la izquierda alternativa.
Desde su irrupción electoral en 1986, con un 4,63% de los votos y siete diputados, y su posterior ascenso con Julio Anguita en 1989, IU ha transitado de fuerza hegemónica a la izquierda del PSOE a actor secundario en un espacio fragmentado. El golpe más duro llegó en 2015, con la irrupción de Pablo Iglesias y Podemos, que redujo su representación a dos escaños. Sin embargo, el acuerdo de los botellines sellado en 2019 bajo el liderazgo de Alberto Garzón permitió su integración en el primer Gobierno de coalición, con el propio dirigente andaluz como ministro de Consumo.
Hoy, dentro de Sumar, IU mantiene presencia institucional —1.700 concejales y 123 alcaldías— y participa en el Ejecutivo con una ministra y cinco diputados. “No es mal equilibrio”, han resumido sus dirigentes, que han reivindicado la organización como “un proyecto colectivo para construir una sociedad más justa, democrática y en paz”.
El mensaje final ha sido nítido. Hacer memoria para disputar el futuro como ha subrayado Maíllo defendiendo que IU “sigue siendo imprescindible”, más aún en un momento en el que “el mundo vuelve a asomarse a lógicas de guerra, cuando las desigualdades se agrandan y cuando el fascismo intenta abrirse paso cuestionando derechos conquistados”.
En esa misma línea, ha subrayado que «hay momentos en los que la memoria no es solo recuerdo, sino una forma de orientarse. De saber de dónde venimos para decidir, con mayor claridad, hacia dónde queremos ir». “Nos perdonarían perder, pero jamás no haber luchado”, han repetido varios dirigentes. En un contexto internacional marcado por conflictos y tensiones geopolíticas, IU ha reivindicado así su ADN pacifista y su aspiración de recomponer un espacio político a la izquierda del PSOE que, más allá de las siglas actuales, aspira a revalidar el “éxito de 2023” y frenar el avance de la derecha.




