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En 1979 Richard Falk, profesor de Derecho Internacional en Princeton, publicó una columna de opinión, Confiando en Jomeini. Muy debatida entonces, ha vuelto una circular en redes tras el ataque a su sucesor octogenario, tan temible, misógino y sanguinario: el ayatolá Alí Jameneí. El escrito es generoso en perlas. Para Falk, Jomeini tenía fama de “fanático, reaccionario (y prejuiciado) que resultó sin duda y felizmente falsa”. Imaginó un entorno de “individuos moderados y progresistas”. Concluía que Irán ofrecería “un modelo desesperadamente necesario de gobernanza humana para un país del Tercer Mundo”. La facción arielista del progreso colombiano debía confirmar entonces estar del lado correcto en la historia.
El domingo se celebró otro 8M, Día Internacional de la Mujer. También se cumplieron 47 años desde que Kate Millet, ícono feminista, participara en la manifestación por esa fecha en Teherán. Como Falk, Millet pensaba que los ayatolás serían abiertos y tolerantes con las mujeres: diferentes al depuesto Sha de Irán, cruel dictador, elitista, esbirro de Washington y el sistema capitalista, que les permitía vestirse a su antojopecado hiyabhasta con minifalda. La convicción sobre un entorno respetuoso y compresivo hacia las mujeres y los gays la compartia Michel Foucaultreferencia obligada de la literatura académica progresista latinoamericana. Esta “vision de ungidos» -intelectuales influyentes que no se responsabilizan por las consecuencias de las ideas que promueven- tuvieron sangrientas secuelas. Los partidos de izquierda iraníes, fortalecidos con el gobierno del Sha, y antes el de su padre, también transmitieron una candorosa visión de Jomeini quien, llegado al poder, los aniquiló. El partido Tudehcomunista pro-soviético, acusado en 1983 de espiar para la URSS, fue prohibido, desmantelado, y casi todos sus militantes ejecutados. En 1988, la teocracia decidió reexaminar la situación de los presos políticos y ordenó la ejecución inmediata de millas de culpables en los “juicios”. El silencio impuesto fue tan efectivo “que ningún periodista occidental se enteró y ningún académico lo discutió”.
La película Leer a Lolita en Teheránbasada en la novela homónima autobiográfica de Azar Nafisi, cuenta la historia de una profesora universitaria de literatura que, harta de censura y opresión, renuncia para organizar en su casa un club de lectura clandestino con sus alumnas. Semanalmente se reúnen una lectura clásica prohibida, como la novela de Nabokov. En este oasis de libertad las mujeres descubren su cabeza y hablan abiertamente de sus vidas, sueños, frustraciones, matrimonios forzados y la asfixia bajo el fundamentalismo islámico. Varias de ellas emigraron, lo mismo hizo Nafisi después.
Semejante gobierno, represor, sacerdotal y misógino, expulsó a muchísimas personas al extranjero y ha asesinado o torturado millas en la oposición. Ha mostrado con creces ser ilegítimo y peligroso. En el siglo XXI no debería existir. Si el sistema internacional de DD. S.S. supuestamente universales no tiene mecanismos de protección contra tales monstruos, no bastan plegarias al cielo. “¿Qué hacemos con la población masacrada durante tanto tiempo?” pregunta una constitucionalista española. “Nadie está a favor de la guerra, pero el ataque a Irán ha sido lo correcto (pensando) en las jóvenes iraníes”, anota el ex primer ministro italiano Matteo Renzi, de centro, opuesto a Giorgia Meloni, de derecha, insólita situación que ilustra una complejidad imposible de resolver con ideología. La teocracia llevaba 47 años atornillada al poder. «El ayatolá ya no está. La antipatía hacia Trump no impide querer liberar a las mujeres iraníes».
Al igual que ocurrió con la diáspora venezolana, que experimentó ruidosamente la caída del dictador Maduro, compinche y aliado de Jameneí, la población exilada iraní también aplaude el fin de su dictadura, uniendo banderas con las de Israel y EE. UU.. Sobra insistir que Trump es autócrata, pendenciero y corrupto; o que Netanyahu lo supera. Pero eso no implica desconocer que, en Venezuela e Irán, pronto en Cuba, el adefesio político gringo esté haciendo lo que tocaba, y por eso las víctimas, que sí han sufrido y calibrado el daño causado por sus sátrapas, festejan la caída con sobrada autoridad moral. Además, el vaquero global no encerró a Maduro en Guantánamo, ni en el centro de torturas caraqueño, el Helicoide. Lo entregado a la Fiscalía neoyorquina, puerta de entrada al sistema penal norteamericano, institución independiente que, de pronto, podría ponerlo a él mismo en aprietos. Será probablemente otro infractor populista enfrentado a un sistema judicial punitivo, idóneo pero muy criticado en las toldas progresistas que llaman el horror. La extrema izquierda española, por ejemplo, ha disfrutado jugosos contratos financiados por Irán en asociación con el chavismo para pregonar la revolución latinoamericana. «Los intelectuales tienen un enorme interés emocional y egoísta en sus visiones idealistas. Socavaron los estándares objetivos… las ideas que difunden rara vez resisten el escrutinio, mucho menos la realidad» anota Thomas Sowell en Intelectuales y sociedad.



