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Hoy se inicia la Pascua de Resurrección, la fiesta central del cristianismo católico que celebra la victoria de la vida sobre la muerte. Y, guardando las debidas proporciones, también puede ser un buen momento para asumir otra forma de “resurrección”: la del sentido común, la prudencia y la responsabilidad compartida ante los desafíos que se ciernen sobre nosotros.
El mundo atraviesa una nueva escalada de tensiones geopolíticas, con la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán extendiéndose hacia el Golfo Pérsico. No se trata de un conflicto lejano sin consecuencias. Ese espacio geográfico —donde confluyen países clave como Irán, Irak, Kuwait, Arabia Saudita, Bahréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Omán— constituye uno de los principales centros de producción y exportación de petróleo y gas natural del planeta. Por el estrecho de Ormuz circula una parte significativa del crudo que mueve la economía global.
Lo que allí ocurre, inevitablemente, repercute en países como el nuestro. Aunque la República Dominicana esté “colocada en el mismo trayecto del sol”, como diría el poeta, su economía depende en gran medida de factores externos. Y el petróleo es uno de ellos. Nuestro país importa y consume diariamente entre 144 mil y 148 mil barriles de petróleo y sus derivados, lo que equivale a más de un millón de barriles semanales destinados a la generación de energía y al transporte.
Datos ofrecidos por el financiero Bill Wall señalan que el consumo diario ronda los 148.388 barriles, de los cuales cerca del 80% proviene de los Estados Unidos. Mientras tanto, la Refinería Dominicana de Petróleo apenas procesa unos 34 mil barriles diarios, una fracción mínima frente a la demanda nacional.
Para entender mejor esta realidad basta observar el crecimiento del parque vehicular. En la actualidad supera los 6,7 millones de unidades, de las cuales alrededor de 3,8 millones son motocicletas. Solo el Distrito Nacional concentra el 29.4 % de estos vehículos, seguido por la provincia Santo Domingo con un 16.2 % y Santiago con un 8.1 %. La tasa de motorización alcanza los 507,8 vehículos por cada 100 habitantes, situándonos entre los países con mayor densidad vehicular de América Latina. Y la tendencia sigue alza: el pasado año ingresaron al país casi 389 mil vehículos adicionales.
Aunque se han importado vehículos eléctricos, su presencia aún no es suficiente para generar un impacto significativo en la matriz energética nacional.
Ante este panorama, el presidente Luis Abinader ha reiterado que el país está preparado para enfrentar la crisis. Ha anunciado una inversión de mil millones de pesos para sostener los precios de los fertilizantes, la continuidad de los subsidios a los sectores más vulnerables y el mantenimiento de la inversión pública. Asimismo, tras reunirse con representantes del sector comercial, se ha logrado el compromiso de evitar alzas en los productos de la canasta básica.
Son medidas oportunas y necesarias. Pero no es suficiente si el conflicto se prolonga, como todo parece indicar. De ahí que resulte prudente diseñar una estrategia de mediano plazo que incluya, de manera explícita, un plan nacional de ahorro. Un esfuerzo que no puede recaer únicamente en el Estado, sino que debe involucrar activamente a la ciudadanía.
Ahorrar energía, reducir el uso de combustibles fósiles, fomentar el transporte colectivo, revisar hábitos de consumo y eliminar prácticas de despilfarro no son consignas vacías, sino acciones concretas que pueden amortiguar el impacto de una crisis internacional que no controlamos, pero cuyas consecuencias sí padecemos.
Este es, sin duda, un tiempo que exige madurez. Del gobierno, para conducir con sensatez y visión estratégica. Y de los ciudadanos, para actuar con responsabilidad, sin abusos ni privilegios injustificables.
Porque, al final, las naciones no se sostienen solo con discursos ni con coyunturales, sino con la suma de medidas de voluntades conscientes. Y esa es, quizás, la verdadera resurrección que hoy nos corresponde protagonizar.
Por Luis González Fabra
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