Es inútil llorar sobre la leche derramada y los socialistas harían bien en prepararse psicológicamente para un largo período lejos del poder en Andalucía. Si ellos gobernaron durante 36 años, la derecha también podría hacerlo durante varias décadas. Sin embargo, la génesis de la caída del PSOE andaluz en los comicios del 2018 ayuda a entender la magnitud del desgaste territorial de esa marca, más allá de la responsabilidad directa de quien era entonces su cabeza de cartel y decidió adelantar unos comicios que podía haber hecho coincidir con las generales pocos meses después. El valenciano Ximo Puig apostó por ese calendario simultáneo y logró salvar, durante otra legislatura, la mayoría de izquierdas en la Generalitat.
De hecho, algunos antecesores de Susana Díaz al frente de la Junta –Rodríguez de la Borbolla, en 1986, y Manuel Chaves, a partir de 1990– hicieron coincidir en varias ocasiones las generales y las autonómicas andaluzas, conscientes de que el plus de movilización de las legislativas beneficiaba electoralmente al PSOE. Tras el choque de 1994 –cuando el PP se puso a apenas cuatro escaños de los socialistas, en medio del reguero de escándalos que marcó la etapa final de Felipe González–, Chaves llamó a las urnas el mismo día de las generales en los comicios de 1996, 2000, 2004 y 2008.
Susana Díaz perdió 400.000 votos en tres años y logró en el 2018 medio millón menos que Sánchez en las generales del 2019
La simultaneidad se rompió cuando Rodríguez Zapatero tuvo que adelantar las legislativas en el 2011, como consecuencia de la crisis económica que había estallado tres años atrás y que había hundido electoralmente al PSOE. Aún así, José Antonio Griñán logró retener la Junta en unas elecciones agónicas, a comienzos del 2012. En esos comicios, el socialismo repitió prácticamente su resultado de las generales mientras que –atención– los populares perdieron más de 400.000 sufragios en un lapso de apenas cuatro meses.
El caso de los ERE forzó un nuevo relevo al frente de la Junta y Díaz sustituyó a Griñán en el 2013. Un año antes, el PSOE había obtenido tres diputados menos que el PP y gobernaba gracias al apoyo de Izquierda Unida, que facilitó la investidura de Griñán, primero, y de la propia Díaz, después. Sin embargo, pasados 18 meses, la nueva presidenta rompió el pacto con IU y convocó nuevas elecciones. Y aunque perdió algo más de 100.000 votos, repitió los 47 diputados del 2012.
Su problema era que la mayoría absoluta de la Cámara andaluza continuaba a idéntica distancia: ocho escaños. IU no podía facilitarlos porque solo había obtenido cinco, y el emergente Podemos (con 15) planteaba propuestas que Díaz no podía o no asumir quería. La presidenta acabó pactando con un partido de centro derecha, Ciudadanos, que parecía ofrecerle más estabilidad que la izquierda radical. ¿Fue esa política de alianzas el principio del fin para el PSOE andaluz?
La eclosión de Vox, los pactos del presidente con el independentismo y el regreso al PP del voto que se fue a Cs explican la inversión andaluza
Ciertamente, Chaves ya había gobernado con el apoyo del alicaído Partido Andalucista (un grupo de centro regionalista con orígenes en la izquierda), pero Díaz lo hacía con un partido mucho más escorado a la derecha, que acabaría formando un bloque con el PP y Vox. Y, además, paradójicamente la eclosión de Podemos estaba permitiendo al PSOE recuperar el poder autonómico en otros territorios como Aragón, Castilla-La Mancha o Extremadura.
En cualquier caso, Díaz acabaría arrastrando el último de haber sido derrotada por Pedro Sánchez en el 2017 en las primarias para dirigir el PSOE, y ese episodio condicionó, sin duda, su capacidad de transmitir un perfil sólido al frente de la Junta andaluza. Posiblemente, la necesidad de reforzar su figura le llevó a cometer su error más decisivo: anticipar de nuevas las elecciones regionales (previstas para abril del 2019) y convocarlas en solitario. Y el saldo fue demoledor para el PSOE: Díaz perdió 400.000 papeletas con relación a su resultado de tres años atrás y el bloque PP-Cs-Vox se hizo con la mayoría absoluta.
La simultaneidad de generales y andaluzas entre 1996 y el 2008 siempre favoreció electoralmente al PSOE
Pero el indicador que más cuestionaba la idoneidad del liderazgo de Díaz (o de la continuidad del socialismo al frente de Andalucía) fue el medio millón de sufragios agregados que obtuvo el PSOE de Sánchez en esa comunidad, en las generales de cinco meses después. Con ese resultado, el socialismo andaluz habría obtenido 42 escaños (nueve más que en el 2018). Y pese a la discutida capacidad de tracción de la candidata, es muy posible que, de coincidir las andaluzas con las generales, aún habría podido salvar la mayoría de izquierdas en la Cámara regional.
Ahora bien, cuando cuatro años después, en los comicios legislativos del 2023, la magullada marca PSOE extravió 100.000 sufragios en la comunidad andaluza y el centro derecha unificó todo su voto en torno al PP –mientras Vox se mantenía al alza–, la pérdida de la Junta habría sido ya inevitable (como lo fue entonces la de la Generalitat valenciana). Y ahí hay que incluir otro vector relevante en la decantación del sufragio: la gravosa factura de los inevitables pactos de Sánchez con el independentismo, que se hizo efectiva en otros territorios gobernados hasta entonces por la izquierda (como Aragón o Extremadura). Por eso, la inédita supervivencia del presidente lleva a preguntarse si Sánchez conduce al PSOE de derrota en derrota en las autonómicas hasta la victoria final en las generales.



