Si bien es cierto que nuestros años veinte superan ampliamente los niveles de bienestar de épocas pasadas en Occidente, no está tan claro que el mundo haya ido a mejor en todos los indicadores con los que se cerraba el siglo anterior y se abría uno nuevo. Por ejemplo, en el tono de una política que ahora tiene un presidente de Estados Unidos que publica vídeos racistas que tildan de monos a los Obama, o con cargos públicos que gritan “hijo de puta” al presidente del Gobierno de España a la cara, como ha ocurrido en la campaña aragonesa. Y al verlo, recordaba estos días lo fan que era mi padre de Miquel Roca.
Corrían los años noventa del siglo pasado y el secretario general de Convergència era para muchos no solo un referente político, sino también de elegancia. Siempre impecable en el vestir, acompañaba aquella estética con un discurso que muchos diputados de otros partidos no se perdían, incluso cuando CiU no era clave. Se hacía mirar y escuchar. Decían que tenía un porte florentino, y entonces, como ahora, hay quienes desconfían de ese porque lo identifican con estilo de cálculo y dobles intenciones. De hecho, se ha extendido bastante esta tendencia que el sociólogo Gilles Lipovetsky resume con el concepto de “la cultura de la autenticidad” y que describe cómo la gente ya no busca tanto referentes perfectos como aquellos que percibe como auténticos. El problema viene cuando se identifica autenticidad con grosería o con ostentación de ignorancia, una tendencia creciente en la relación de muchos ciudadanos con sus ídolos, políticos o no.
Hay que recuperar el terreno ganado por tabernarios monstruos mediáticos
Un directivo mediático me lo resumía hace no muchos años cuando me reprochaba que me plantaba en los medios demasiado educado y “arreglado”. “La gente no conecta con eso”, decía. No le hice caso, pero sí es cierto que, de forma creciente, una buena imagen, un buen tono y buenos argumentos conviven (y no siempre se imponen) con actitudes más estridentes, gritonas y groseras.
Ocurre en los medios, en las redes, en la calle y, por tanto, también en la política, porque aquello que las personas premian o castigan lo hacen en muchos ámbitos. En eso somos medianamente coherentes. ¿Hasta cuándo? Quizás tengamos que sufrir un poco más las consecuencias de la política maleducada y zafia para volver a premiar masivamente modelos alternativos. Porque de fans de Miquel Roca, de lo que él representaba a muchos niveles, no los hay solo de la edad de mi padre, con quien en 1995, cuando el convergente se enfrentó por la alcaldía de Barcelona con Pasqual Maragall, siguió un debate cara a cara entre ambos. Cuando el socialista se estalló con un”quina barra! (¡qué morro!)”, Roca torció el gesto y reclamó respeto. Hoy, quizás él y muchos espectadores agradecerían que ese fuera el máximo nivel de ataque verbal. Treinta años después.
Es obvio que, en este frente, hay que recuperar el terreno que han ganado monstruos mediáticos de lenguaje y formas calculadamente tabernarias, que audiencias y partidos en quiebra técnica avalan al mismo tiempo que dicen combatir. Quizás aún no los han sufrido lo suficiente. Y lo pagamos todos.



