En estos días en que el calendario propone pausa, mesura y reconocimiento, conviene hacer una precisión incómoda pero evidente: No todo el mundo está en ese libreto. Para algunos será pausa, meditación, sí; para otros, en cambio, es descanso, viaje, playacarretera, siesta larga y agenda en blanco. Y en ese territorio —más cercano a la vida que al rito— las ganas no necesariamente entran en modo contemplativo, porque el cuerpo, ese viejo insurrecto, no atiende fechas ni oraciones.
Ahí aparece, sin mayor anuncio, el aquello. No como desafío ni como ruptura, sino como continuidad de lo que ya existe. PAGorque cuando el tiempo se afloja y la prisa se retira, pasan cosas: la cercanía se estira, la conversación cambia de tono, la mirada se queda un segundo más de lo prudente. Y entonces lo que durante semanas se aplazó por rutina o cansancio encuentra, de pronto, un espacio generoso.
La planta baja —siempre eficiente— no entra en silencio; más bien interpreta la ocasión como una invitación abierta. Y el catre, fiel a su vocación, no distingue entre solemnidades ni feriados.
Lo curioso no es el contraste entre lo que se predica y lo que ocurre, sino la naturalidad con la que debe suceder. No hay sensación de pecado, no hay necesidad de excusa, no hay discursos que defiendan. La pareja no está desobedeciendo nada; simplemente está viviendo desde otro lugar, uno menos cargado de obligación y más cercano al deseo. No importa si cambia la ciudad, el paisaje, la maleta o el calendario; lo que ocurre en el catre encuentra su propio ritmo, uno que no necesita validación externa, ni confesiones, ni comulgar con nada.
Y en ese punto aparece una verdad que incomoda a quienes prefieren los absolutos: el control total es una ficción elegante. Se pueden ordenar los horarios, ajustar hábitos, incluso maquillar la intención, pero hay territorios donde la voluntad no manda, conversa. Donde no se impone, negocia. Y esa negociación silenciosa es, quizás, una de las formas más honestas de compartir con el mundo.
Así, mientras unos marchan entre símbolos y otros arman aviones de descanso, la cama encuentra su propio compas, ese que no se somete a mandamientos ni a discursos ajenos. Porque, al final, entre lo que se dice que debe ser y lo que efectivamente ocurre, hay una distancia que no se corrige con rigidez, sino con dejar que el cuerpo sea capaz.
Y si algo deja claro esta temporada es que, independientemente de la creencia o del plan, Hay lenguajes que no se suspenden. Apenas cambian de escenario. Porque el aquello —con su lógica sencilla y persistente— no pide permiso, no entiende de fechas y, sobre todo, no cree que por actuar se condena.
Hasta luego.
Esther Balac
Para EL TIEMPO
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