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Era octubre del 82, y era El Espectador de entonces, y era Gabriel García Márquez, que escribía en una de sus columnas, “La literatura sin dolor”, que casi en cada uno de sus viajes compraba varios ejemplares de “Pedro Páramo” para regalárselos a quienes lo visitaban, siempre con la condición de que apenas lo leyeran volvieran para conversar sobre la novela. Confesión, admisión, admiración, firma y sello. En la revista Modaun año antes, había dicho que las obras de Juan Rulfo le habían marcado el camino para sus libros, «Siempre vuelvo a releerlo completo, y siempre vuelvo a ser la víctima inocente del mismo asombro de la primera vez. No son más de trescientas páginas, pero son casi tantas y creo que tan perdurables como las que conocemos de Sófocles. Así es mi admiración por Rulfo». Conocía sus obras casi de memoria, párrafo a párrafo. Línea tras línea.
La primera vez que leyó a Rulfo, dijo que no logró dormir hasta haber finalizado una segunda lectura. Fueron diez años después de haberse obsesionado con “La Metamorfosis” de Kafka. Desde entonces, ningún autor, ningún libro, le había producido “una conmoción semejante”. Uno de los aspectos que más le llamaban la atención era la elección de los nombres de los personajes de los cuentos de “El llano en llamas” y de “Pedro Páramo”, que eran nombres con personalidades, historias y personajes a cuestas. García Márquez solía contar que una tarde, Rulfo le había explicado que los sacaba de las lápidas de los cementerios. Los anotaba, los combinaba con algunos que él mismo había previsto, los mezclaba, “hasta lograr sus combinaciones incomparables: Fulgor Sedano, Matilde Arcángel, Toribio Aldrete y tantos otros”, como escribió para El Espectador y El País en noviembre del 82.
Rulfo y García Márquez se conocieron hacia 1963 en una boda. Meses más tarde, el cineasta Carlos Velo le propuso al colombiano que escribiera un guión sobre “El gallo de Oro”, de Rulfo. La película quedó en la historia por las idas y vueltas del guion, por los personajes que trabajaron en ella y el tono del lenguaje de los actores, retocado en última instancia por Carlos Fuentes. Duró pocas semanas en cartelera. Un año más tarde, García Márquez y Rulfo jugaron como extras para “En este pueblo no hay ladrones”, una película basada en un cuento de García Márquez, estrenada en 1965, que contaba también con la efímera aparición de Luis Buñuel. Aquella fue la primera y la última vez que actuaron Rulfo y García Márquez. Igual, por fuera de las cámaras y del cine, siguió encontrándose para conversar de miles de asuntos, esencialmente, de literatura.
La conexión entre los dos fue más allá. Se plasmó en sus lecturas y sus charlas, y se multiplicó en sus libros. «El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche en que la dureza de su cama lo tuvo despierto y después lo obligó a salir. Fue la noche en que murió Miguel Páramo», había escrito Rulfo. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”, escribió García Márquez para comenzar “Cien años de soledad”.



