“¿Y cómo es él?”. Los monos interrogantes de la conocida canción de José Luis Perales tienen una cariz demoscópica que podría proyectarse sobre las presiones de la ultraderecha. Es más, los perplejos partidos tradicionales podrían hacer suyas, con leves retoques, algunas estrofas de la pieza: “¿De dónde es él?”, “¿A qué dedica el tiempo libre?” o “¿Por qué ha robado un trozo de mi voto?”
La respuesta a esas preguntas podría evitar la tentación de caricaturizar como un alienígena al votante de formaciones que hace menos de una década vivían en el subsuelo electoral. Sin embargo, lo cierto es que el elector de ultraderecha presenta algunos rasgos distintivos (y con frecuencia contradictorios) que en parte nacen de su sobrerrepresentación entre las nuevas generaciones. Los sondeos del CIS ofrecen alguna pista.
El votante de Vox encuentra algo más difícil que el ciudadano medio ponerse en el lugar de los demás
Para empezar, el electorado de ultraderecha se presenta con un grado de optimismo algo por encima de la media, mientras que su capacidad para ponerse en el lugar de los otros es algo inferior a la del conjunto. Y esas diferencias se acentúan hasta diez puntos en algún caso si la comparación se efectúa con los votantes de los dos grandes partidos. Además, el elector ultra se declara mucho menos miedoso (casi 12 puntos) que el conjunto de los españoles. Y, paralelamente, el seguidor de Vox exhibe un grado de felicidad apabullante: casi la mitad se declara “muy” o “completamente feliz”, frente a menos del 30% entre el total de consultados.
Ahora bien, esos indicadores coexisten con otros que dibujan a un ciudadano con una percepción angustiosa del presente y el futuro. Por ejemplo, el votante ultra revela una mayor propensión (casi diez puntos más que la media) a contemplar la posibilidad de una guerra que involucre a España. Y su imagen del presente es mucho más lúgubre (17 puntos) que la del resto de ciudadanos. Así, mientras el 60% de los consultados se siente satisfecho con la época que le ha tocado vivir, esa tasa cae al 42% entre los votantes de Vox.
El elector ultra se queja sistemáticamente y más que el resto de que recibe menos de lo que aporta a la sociedad o al Estado.
Y esa visión negativa se ve confirmada por percepciones aún más insólitas. Por ejemplo, un 72% de los ciudadanos considera que en la época actual se ha progresado más que en otros períodos de la historia. En cambio, solo la mitad de los ultras votados comparten esta apreciación. ¿Tienen que ver esas percepciones con su convicción de que ni la sociedad ni el Estado los tratan como se merecen? Casi el 70% de los votantes de Vox así lo considera, frente a solo un tercio de los consultados.
Y su visión del futuro no es mucho más luminosa. En un contexto de cierto pesimismo general, ya que solo un tercio de los ciudadanos piensa que en el futuro se vivirá mejor, ese porcentaje cae por debajo del 20% entre el electorado de Vox mientras que más del 73% de esos votantes cree que se vivirá peor. Lo curioso de esas expectativas pesimistas es la paradoja que registran: el votante ultra descubre más razones para el optimismo en el mundo turbulento que le ha tocado vivir, que en una España sin terrorismo y que crece por encima de la media europea. Un 30% de ellos se muestra optimista con respecto a la evolución del mundo mientras que sólo un 12% expresa optimismo sobre España (frente al 27% del conjunto).
Los votantes de Vox son más pesimistas sobre la situación de España que sobre la del resto del mundo.
Eso sí, los temores del votante ultra están muy focalizados. El cambio climático como amenaza existencial para el planeta apenas le preocupa (solo a un 3,5% frente a la mitad de la población). Sin embargo, la delincuencia le provoca más temor que a la media (diez puntos) y el riesgo de una ocupación ilegal de su domicilio alcanza niveles de pánico: lo temen un 85% de los electores ultras frente a solo la mitad del conjunto del electorado.
Por último, unas pinceladas socioeconómicas y de índole más íntima. Contra lo que pudiera parecer, el porcentaje de votación de Vox sin estudios o que no han ido más allá de la primaria queda muy por debajo de la media. Por el contrario, la tasa de electores ultras con un nivel de secundaria se sitúa bastante por encima del conjunto de electores (y también, pero en menor medida, la de los que han cursado Formación Profesional).
La sexualidad del radical de derechas parece combinar preferencias muy convencionales con prácticas menos generalizadas
Finalmente, un punte íntimo (con permiso del margen de error de la muestra). El votante ultra se revela como más convencional que el resto de ciudadanos en su concepción de que el “sexo de verdad incluye penetración” (siete puntos más que la media y hasta 18 más que el elector de izquierdas). Sin embargo, a la hora de reflejar sus experiencias íntimas, la práctica del sexo anal registra entre el electorado ultra una cifra once puntos por encima del resto (y hasta 17 más que entre sus vecinos de la derecha tradicional). Sin distinción de sexos.



