WIRED en Español tuvo la oportunidad de probar su servicio unas horas antes del lanzamiento. Ha sido un viaje de 20 minutos por La Pequeña Habana, el barrio más latino de la ciudad, con un tráfico caótico que se entremezcla con pequeños negocios, restaurantes, barecitos, talleres donde se siguen haciendo a mano los puros, casitas unifamiliares con su pequeño patio, algún que otro gallo que cruza la calle, orgulloso, como si no estuviese en un entorno urbano, y muchos turistas buscando el mojito original.
El precio por viaje, aunque aún no es público, está entre 20 y 30% por encima de la tarifa de un Uber. Algo que sorprende, dado que no hay un elemento humano en el servicio. Todo es hardware (coche, sensores, conectividad) y software (sistema propio de navegación, mapeo de calle, IA para reconocimiento y proyección, etc.).
El modelo actual es un Jaguar I-PACE, un SUV eléctrico de cinco plazas, de las que solo cuatro son útiles para Waymo. La del conductor no es aprovechada. No existe la figura del chófer, pero tampoco permite que nadie use el asiento. Tampoco toque el volante. En cada trayecto, Waymo sabe cuántas personas están a bordo por medio de cámaras y sensores.
Para solicitar un viaje, basta con ingresar a la aplicación de Waymo e indicar origen y destino, como en los otros servicios disponibles en el mercado. En la aplicación se puede ver el tiempo estimado de espera, la posición del carro en el mapa y la ubicación donde recogerá al cliente.
Música, temperatura y espacio extra
Una vez dentro del habitáculo, la marcha comienza tras ajustarse el cinturón de seguridad. Por defecto hay música de fondo. Se puede cambiar usando la pantalla de la consola central o la de los asientos posteriores, colocada en la separación entre las dos butacas delanteras. También se puede modificar a través de la aplicación del teléfono.
Otros elementos que se pueden ajustar son la temperatura y los asientos, por si hace falta un espacio extra para estirar las piernas.
Entretenimiento al margen, la sola experiencia de rodar por las calles mantiene la atención. Mirar la pantalla para ver cómo los vehículos, obstáculos y personas adyacentes se convierten en sombras, contemplar cómo disminuye la velocidad, cambia de carril con audacia o, sencillamente, da un giro a la derecha tras detenerse en un semáforo, parece magia pura.
En todo momento se respetarán los límites de velocidad y las señales de tránsito. Se detiene frente a los cruces peatonales con suavidad. Callejea con soltura y paciente cortesía, pero por el momento, no entra en la autovía.



