Al cruzar la Puerta de Bronce de Santa María la Mayor, el rey Felipe VI pasa junto a la estatua de uno de sus predecesores. Es el primer gesto de una ceremonia que vuelve a enlazar a la monarquía española con uno de los templos más antiguos de Roma.
Media hora después, los Reyes son enterrados ante la tumba del papa Francisco, enterrado aquí por voluntad propia. Un gesto breve, pero cargado de significado, en el mismo lugar donde la historia de la Iglesia y la de la monarquía española vuelven a cruzarse.
Los signos de España aparecen ya en el acceso: en el pórtico, la estatua de Felipe IV, obra de Gian Lorenzo Bernini y Girolamo Lucenti, lo representa con armadura y gesto solemne, como si custodiara la entrada. Su padre, Felipe III, se convirtió en 1603 en protector real de la basílica y, en 1647, Felipe IV obtuvo del papa Inocencio X el título de protocanónigo, un privilegio concedido a la Corona española y transmitido a sus sucesores.
La ceremonia de toma de posesión del monarca como protocanónigo cerró una jornada iniciada por la mañana con la audiencia de los Reyes en la biblioteca privada del Palacio Apostólico con el papa León XIV, la primera de este pontificado. Un encuentro que cobra especial relevancia ante el viaje que el Pontífice realizará a España, del 6 al 12 de junio, con paradas previstas en Madrid, Barcelona y Canarias.
Al término del encuentro, en el que el Papa insistió en la paz, los Reyes regalaron a León XIV un facsímil del libro de horas de Felipe II, del siglo XVI, junto a una manta elaborada a mano en lana merina y seda natural. El Papa, por su parte, correspondió con un volumen sobre el Palacio Apostólico, un relieve en bronce de la Virgen con el Niño y el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz.
La delegación española en el Vaticano incluyó al ministro de la Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, Félix Bolaños; a la embajadora de España ante la Santa Sede, Isabel Celáa, y al jefe de la Casa del Rey, Camilo Villarino.
La reina Letizia, como representante de una monarquía católica, hizo uso del llamado privilegio de blanco —el color reservado al Papa—, un derecho que comparten actualmente solo unas pocas soberanas, como Matilde de Bélgica, Charlène de Mónaco o Stéphanie de Luxemburgo. En esta ocasión, al no tratarse de un acto religioso, no cubrió su cabeza con mantilla. El origen de este privilegio se remonta a la época de la Reforma protestante, cuando el Vaticano lo concedió a las monarquías católicas como señal de fidelidad a Roma.
Posteriormente, los Reyes fueron recibidos por el secretario de Estado, Pietro Parolin. Sobre la mesa, además del viaje apostólico de junio, estuvieron los principales temas de actualidad. Según informó el Vaticano, «se hizo referencia a algunas cuestiones que conciernen a la situación del país ya la misión de la Iglesia en la sociedad», además de abordar asuntos regionales e internacionales, con especial atención al compromiso en favor de la paz.
Tras los encuentros en el Vaticano, los Reyes se trasladaron al Esquilino para la ceremonia en Santa María la Mayor. Un escenario cargado de historia: la basílica mantiene vínculos con España desde hace más de cinco siglos. Basta levantar la vista para comprobarlo. El artesonado está decorado, según la tradición, con el primer oro llegado de América tras los viajes de Colón, enviado por los Reyes Católicos y utilizado durante el pontificado de Alejandro VI.
Pero también al bajar la mirada: allí reposa el papa Francisco, que eligió este lugar para su sepultura, fuera de las tradicionales grutas vaticanas.
En la breve ceremonia, el discurso del Rey fue precedido por el del cardenal Rolandas Makrickas, arcipreste de la basílica, quien recordó que «en la Iglesia nada es meramente formal. Tampoco lo es el acto que hoy celebramos». Felipe VI evocó el legado del papa Francisco y lo vinculó con su encuentro con León XIV: «Hemos hablado del tiempo que nos toca vivir; de estos días en los que tanta claridad necesitamos; claridad de obra y de palabra; claridad de corazón y de conciencia».
Roma vuelve a ser el lugar donde la monarquía española mide su relación con la Iglesia.



