Una de las preguntas más frecuentes que reciben los nuevos padres —“¿Es un buen bebé?”— suele esconder una idea común: que un bebé “bueno” es aquel que duerme sin interrupciones y de manera independiente. En torno a esa expectativa se han desarrollado, especialmente en los países occidentales, industrias enteras de consultores del sueño que enseñan a los padres a lograr que sus hijos duerman solos, sin despertares nocturnos. Sin embargo, esta visión dista mucho de ser universal y es, de hecho, relativamente reciente en la historia humana.
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Dormir junto a los hijos —conocido como compartir la cama— ha sido la norma durante siglos y continúa siendo práctica común en muchas culturas alrededor del mundo. A pesar de ello, sigue siendo un tema profundamente controvertido. Algunas recomendaciones médicas alertan sobre riesgos asociados cuando se realizan antes de los 6 meses, mientras que otras investigaciones resaltan potenciales beneficios para el bienestar infantil. Ahora, un nuevo estudio liderado por la psicóloga Ayten Bilgin, catedrática de la Universidad de Essex y especialista en psicopatología del desarrollo, aporta mayor claridad: compartir la cama con un bebé no parece tener efectos negativos a largo plazo en su desarrollo emocional y conductual.
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Dormir con los hijos “no perjudica” su bienestar emocional, según análisis de largo plazo. Foto:iStock
Un análisis sin precedentes con más de 16.000 niños
El trabajo, publicado recientemente y basado en datos del Estudio de Cohorte Millennium del Reino Unido, siguió a 16.599 niños desde los 9 meses hasta los 11 años. Este estudio es representativo de los niños nacidos entre 2000 y 2002 en Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda del Norte, e incluye participantes diversos desde el punto de vista étnico y socioeconómico.
Los padres reportaron si compartían la cama con sus hijos a los 9 meses de vida y, posteriormente, informaron en múltiples momentos si los niños mostraban síntomas de internalización —como depresión y ansiedad— o de externalización, que incluyen agresión e hiperactividad. Estas mediciones se realizaron a los 3, 5, 7 y 11 años.
El colecho, practicado históricamente en muchas culturas, puede ser una opción válida y segura. Foto:iStock
El análisis permitió identificar cuatro trayectorias de desarrollo:
- El 56,4% de los niños mantuvieron niveles bajos y estables de problemas emocionales y de conducta.
- 27,2% iniciaron con bajos síntomas de internalización que aumentaron con el tiempo, mientras que los síntomas de externalización se mantuvieron en un nivel moderado y luego disminuyeron.
- 7,5% presentaron niveles moderados de ambos tipos de síntomas, que disminuyeron conforme crecían.
- 8,9% mostraron síntomas graves y persistentes: aumentos en internalización y altos niveles de externalización sostenidos en el tiempo.
La pregunta clave era si compartir la cama a los 9 meses tenía alguna relación con pertenecer a uno u otro grupo. Los resultados fueron claros: no existe vínculo entre dormir con los padres y el desarrollo posterior de problemas emocionales o de conducta.
El sueño compartido no es el problema, sino otros factores.
El estudio también reveló que ciertas condiciones —como la angustia psicológica materna, un menor nivel educativo de los padres, la lactancia materna prolongada o la frecuencia de despertares nocturnos del bebé— están asociadas tanto con la decisión de compartir la cama como con las trayectorias de síntomas. Esto indica que no es el sueño compartido lo que influye en el desarrollo, sino factores externos vinculados al entorno familiar.
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Para Bilgin, esto debería ser tranquilizador para los padres que se sienten juzgados por practicar el colecho o que lo adoptan por necesidad, especialmente ante la fatiga crónica que generan los despertares nocturnos. “Es probable que compartir la cama no afecte el desarrollo emocional y conductual de un niño”, concluye la investigadora, quien ya había publicado un estudio previo demostrando que el sueño compartido tampoco interfiere con la formación de un apego seguro entre madre e hijo.
Acompañar a los hijos a dormir incluso puede tener beneficios. Foto:iStock
Una práctica histórica y, en muchos casos, funcional.
El análisis histórico presentado en la publicación recuerda que, hasta antes del siglo XIX, dormir en estrecho contacto era habitual en el Reino Unido. La Revolución Industrial —con jornadas laborales más extensas y un creciente énfasis en la independencia— cambió esas prácticas, instalando la idea de que un bebé debe dormir solo para fomentar su autonomía.
Hoy, pese a las recomendaciones divididas, millones de familias en el mundo siguen compartiendo la cama. Para muchas, no se trata de una filosofía de crianza sino de una estrategia para sobrevivir a noches interminables de despertares.
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Aunque los expertos continúan recomendando medidas estrictas de seguridad para practicar el colecho, la investigación de Bilgin entrega un mensaje contundente: acompañar a los hijos al dormir no perjudica su desarrollo psicológico. Y, para algunos niños y familias, incluso puede ofrecer beneficios en términos de cercanía, regulación emocional y descanso.
EDWIN CAICEDO
Periodista de Medio Ambiente y Salud
@CaicedoUcros



