La serie animada «Peppa Pig».
Foto: Cortesía
Currículum e información rápida
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Hoy en día podría pensarse que cada niño llega al mundo con una tableta o un celular debajo del brazo —y no precisamente con un pan—. Sin caer en el lugar común de repetir que la era digital lo transformó todo, basta mirar alrededor para confirmar que también cambió la manera de educar a los más pequeños.
La televisión no es un invento nuevo. Muchos crecimos con el televisor en la sala como punto de reunión doméstica, acompañados de una programación que seguía horarios, casi que a manera de rituales: la noche terminaba con el comercial que anunciaba el cepillado de dientes y la hora de irse a la cama. Aquella era una pantalla voluminosa, un cubo pesado de vidrio grueso y carcasa plástica —más mueble que dispositivo—, fijo en una esquina e imposible de trasladar sin ayuda.
Hoy el panorama es otro. Esa pantalla cabe ahora en la palma de la mano. Los niños acceden a contenidos desde celulares y tabletas que los acompañan a cualquier lugar: el sofá, el carro, el restaurante o incluso la cama. La diferencia es que un adulto, aparentemente, filtra, regula y procesa lo que ve; un niño —independientemente de su edad— aún no cuenta con el desarrollo neurológico suficiente para hacerlo por sí mismo.
Ya no existe la espera entre un capítulo y otro, ni el límite natural del horario televisivo: el contenido está disponible a un toque de pantalla.
Valentina Ospina es psicóloga y creadora de Una aleta felizun proyecto que nació de la necesidad de abrir conversaciones sobre temas que hoy siguen siendo poco visibles o mal comprendidos. Desde su rol profesional, quiso compartir el impacto de la cultura de la inmediata sobre la forma en la que los niños procesan la información y viven su cotidianidad.
No se trata solo de que queramos información rápida, sino de que todo el ecosistema digital está construido para responder a esa necesidad. Desde quienes crean los contenidos hasta quienes los consumen, se sostiene ese proceso sobre la lógica de comprender lo que pasa afuera en el menor tiempo posible y sin mayor esfuerzo.
Por eso TikTok, Instagram o Facebook diseñan contenidos cada vez más cortos y rápidos: “A la larga, esto mismo se lo estamos pasando, enseñando, a nuestros niños, quienes terminan viendo esa rapidez no como algo pasajero o secundario, sino como una necesidad”, comenta.
¿Qué es la sobreestimulación?
Lo que se está generando en niños y niñas es una relación con el contenido marcado por la inmediata: el efecto de la sobreestimulación. Pasan de un video o de un programa a otro sin pausas, “sin tiempos de espera que activen la imaginación o la anticipación”, como lo explica Ospina. A diferencia de generaciones anteriores, que debían esperar incluso un día completo para ver el siguiente capítulo de un programa. Hoy el consumo es continuo, ilimitado.
Esa ausencia de espera no solo acorta la capacidad de atención, sino que debilita habilidades como la paciencia, la creatividad y la construcción imaginativa. Todo queda relegado frente a la lógica de “un capítulo más y ya”.
«Estamos formando niños con menos pensamiento crítico, poca paciencia y baja tolerancia a la frustración; niños que aún no desarrollan plenamente la capacidad de autorregularse emocionalmente. Falta un aprendizaje de la espera y de habitar el momento presente, porque todo se exige de manera inmediata», dice.
“El cerebro de un niño, sorprendentemente, entiende las imágenes en 13 milisegundos”, algo que la industria del entretenimiento digital se ha convertido en ventaja para producir contenidos diseñados no solo para captar, sino para retener de forma casi hipnótica la atención, asegura la psicóloga. La exposición constante a estímulos visuales ultrarrápidos está moldeando la forma en que los niños procesan la información.
Como resultado, las imágenes aparecen tan rápido que el cerebro infantil tiene cada vez menos tiempo para detenerse, elaborar, imaginar o comprender lo que ve. Esta dinámica debilita procesos fundamentales como la atención sostenida, la espera y el pensamiento reflexivo, mientras fortalece un consumo pasivo en el que el enganche importa más que la comprensión.
¿Qué programas entran en esa clasificación?
Se trata de series y videos infantiles con velocidades mucho más altas de lo habitual, colores excesivamente brillantes y cambios de escena tan rápidos que el niño no alcanza a procesar lo que ocurre en pantalla. No hay tiempo para comprender la estructura básica de una historia. Los niños no conocen de inicio, nudo o desenlace. Una de las consecuencias es que se debilita su capacidad, incluso, de construir relaciones propias.
Entre estos contenidos se encuentran programas infantiles ampliamente consumidos como pepa cerdo, masha y el oso o la serie de videos de CoComelonproducciones que, aunque están diseñadas específicamente para niños, responden a lógicas de aceleración. A esto se suma la falta de supervisión adulta sobre lo que ven niños y niñas. En muchos casos, el consumo no se limita a material pensado para su edad y termina desplazándose hacia programas dirigidos a públicos mayores, incluso adolescentes, cuyos códigos de lenguaje, de ritmo y de temáticas no corresponden a su etapa de desarrollo.
Además, en los últimos meses se han multiplicado contenidos creados mediante inteligencia artificial que circulan sin ningún tipo de filtro editorial o clasificación adecuada. Estas piezas, que son frecuentes en plataformas como YouTube Shorts, no establecen con claridad qué es ficción y qué no, incluyen escenas confusas o violentas y presentan personajes que casi no hablan o utilizan formas de comunicación erráticas.
Lejos de estimular la imaginación infantil, este tipo de material refuerza una experiencia de consumo desordenada, en donde prima la posibilidad de comprender, narrar e incluso diferenciar lo real de lo ficticio.
Posibles alternativas para los menores
“A veces creemos que ponerles un programa que repite el abecedario millas de veces, con canciones y estímulos, es algo súper funcional porque ‘están aprendiendo’, pero en realidad, lo que hacemos es enviarles el mensaje de que aprender debe ser rápido y automático, sin necesidad de pensar si eso les gusta, si lo entienden o si les resulta significativo”, explica la creadora de Una aleta feliz. No les enseñamos a preguntarnos por qué les gusta algo, a elegir colores, intereses o caminos propios.
A continuación, compartimos algunas apreciaciones de la psicóloga: comentarios cortos sobre distintos programas infantiles, pensados para que madres y padres puedan leerlos y comprenderlos con facilidad.
- Guillermina y Candelario: «Además de ser súper bonito, porque es muy colombiano, trata temas del cuidado y el respeto por el otro. Sus fotogramas no cambian tan rápido».
- El Diario de Mika: “Uno de sus beneficios es que es un programa que enseña acerca de las emociones y cómo gestionarlas”.
- Dora, la exploradora: «Un clásico. Invita al niño a responder a pensar, a buscar».
La gestión del consumo digital es una responsabilidad adulta. Son madres, padres y cuidadores quienes definen tiempos, contenidos y espacios de uso, y quienes pueden ayudar, acompañados de consejos de profesionales, a recuperar rutinas de juego, de espera y de paciencia.
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