Hay viajes que no necesitan pasaporte, ni billetes, ni esa pretensión absurda de “desconectarse del mundo”. Las excursiones sexuales en la alcoba son, en esencia, la prueba de que el deseo es un excelente agente de viajes y un pésimo guardián del orden. Basta una noche medianamente inspirada para descubrir que el catre es, en realidad, un territorio con más geografía que la cartografía mundial y que el aquello funciona como brújula interna: siempre apunta al norte, pero es flexible cuando se le antoja.
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En ese mapa íntimo existen destinos que cualquier cuerpo reconoce. El primero es el “Desierto de la Sequía Voluntaria”, ese clima árido que no depende de la edad sino del cansancio, del estrés acumulado o de esa pereza existencial que logra suspender hasta las ganas. No dura para siempre: basta una chispa pequeña –una intención, una mirada, un roce– para que la planta baja comience a reclamar su temporada alta.
Luego aparece la “Cordillera del No Toque Ahí”, famosa por sus fronteras caprichosas. Aquí la advertencia es clara: cada cuerpo tiene su propio sistema de aduanas y pretende ignorarlo es el camino más rápido hacia la sequía perpetua. El verdadero erotismo no es invasión sino cartografía: saber dónde insistir, dónde preguntar y dónde retirarse sin escándalo.
No falta tampoco el eterno “Sí Pero No”, ese territorio tan humano donde las ganas se inflaman, dudan, vuelven a inflarse, vuelven a dudar y, finalmente, se dignan a decidir. Es la zona diplomática del deseo. No hay mapas, no hay horarios, no hay protocolos: solo negociaciones silenciosas entre pieles que intentan ponerse de acuerdo sin actas oficiales.
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Y, por supuesto, siempre está disponible la “Laguna del Ya Era Hora”, ese lugar placentero al que el cuerpo llega cuando deja de exigir manuales perfectos y se rinde ante la evidencia de que el deseo no es lineal, no respeta cronogramas y no necesita motivos. Solo necesitas espacio. El gato se encarga de los demás.
La geografía del placer tiene la ventaja de que no depende de escenarios exóticos. Los cuerpos, cuando se escuchan sin prisa, son suficientes. Y el departamento inferior, cuando decide que es momento de ejercer su derecho natural al goce, abre rutas que ninguna guía turística podría describir sin rubor.
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La lección es simple: no hace falta viajar lejos. Hace falta viajar bien. Con atención, con humor, con la conciencia de que el deseo no es un trámite, sino un territorio que se renueva cada vez que dos cuerpos deciden desempolvar su pasaporte emocional y recordar que, a pesar de todo, la vida sigue teniendo rincones donde vale la pena perderse con intención.
Hasta luego.
ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO



