La religión está adquiriendo un papel relevante en la guerra de Irán. No puede ser de otra manera, podríamos agregar, si tenemos en cuenta que dos de los principales contendientes, Israel e Irán, están dirigidos por sendos gobiernos de orientación religiosa, y la presidencia de los Estados Unidos presenta en estos momentos una fuerte impregnación mesiánica: un payaso mesiánico enamorado de sí mismo dirige la Casa Blanca.
El régimen iraní es una teocracia, nacida de la revolución islamista de 1979. Y en el gobierno de coalición de Israel tienen hoy un peso determinante tres partidos religiosos que ofrecen un apoyo decisivo al primer ministro Benjamín Nethanyau. Israel ha dejado de ser hace años el país laico, de fuerte inspiración occidental, cuya dirección política intentaba mantener una cierta distancia del discurso específicamente religioso. Esos tres partidos son: Sionismo Religioso, formación de ultraderecha, que aúna el expansionismo nacionalista con el cumplimiento de la ley judía; Shas, partido ultraortodoxo que reúne a judíos sefarditas; y Judaísmo Unido de la Torá, que agrupa fundamentalistas Askenazis. Frente, el régimen teocrático iraní, dirigido a clérigos chiitas, la rama del islam que tiene una estructura clerical más orgánica.
Ha estalado ahora la guerra de Irán y la coalición atacante no deja de invocar a Dios
Cuando en 1990 dio comienzo la primera guerra del Golfo, después de que tropas iraquíes invadieran Kuwait, el padre George Bush pidió un gesto de apoyo del Vaticano. Y Juan Pablo II, que tenía algunas cosas que agradecer a Estados Unidos -el apoyo norteamericano al sindicato católico Solidaridad durante los últimos años del régimen comunista en Polonia, por ejemplo-, dijo que no. La Santa Sede no tenía la más mínima intención de efectuar ningún gesto que pudiera ser interpretado como el llamamiento a una ‘cruzada’ contra un país musulmán. En Irak había una importante comunidad cristiana, de orígenes antiguos, que era respetada por el régimen de Saddam Hussein, y el Vaticano no quería ponerla en peligro. El ministro iraquí de Asuntos Exteriores, Tarik Aziz, era cristiano caldeo.
Cuando George Bush hijo ordenó la invasión de Irak en 2003, el anciano papa polaco redobló su condena a la guerra. Sus temores se vieron cumplidos. Consumada la invasión, el ejército iraquí se disgregó rápidamente y una parte de él se reagrupó alrededor del Estado Islámico, organización fundamentalista que pronto se expandiría a Siria, iniciando una persecución sistemática y violenta de las comunidades cristianas de ambos países. Más de veinte años después, la comunidad cristiana de Irak ha pasado a 1,5 millones de personas a 150.000. Una reducción brutal. En Siria, los cristianos eran casi dos millones de personas y hoy no sobrepasan el medio millón.
Ha estalado ahora la guerra de Irán y la coalición atacante no deja de invocar a Dios. Días después del inicio de la ofensiva, un grupo de pastores evangélicos se reunió en el despacho del presidente de los Estados Unidos para darle su bendición mediante la ‘imposición de manos’. En la ceremonia no participó ningún obispo católico. El vídeo de la ‘imposición de manos’ a Trump ha dado la vuelta al mundo. El secretario de Defensa de Estados Unidos -secretario de la Guerra, de acuerdo con la nueva nomenclatura oficial-, Pete Hegseth, invoca a Dios en todas sus comparaciones públicas. Hace un par de días, Hegseth pidió a las familias estadounidenses que recen de rodillas en sus casas por la victoria de las fuerzas israelíes y norteamericanas en el golfo Pérsico. El ministro norteamericano de la Guerra dice combatir en nombre de Dios. El ayatolá Jamenei, hijo, nuevo líder supremo de Irán, llama a resistir en nombre de Dios.
Y el principal proveedor de programas de inteligencia artificial al Pentágono ya toda la Administración norteamericana llama a luchar contra el Anticristo. Ha sido muy comentado esta semana el viaje a Roma de Peter Thiel, fundador de la empresa Palantir, cuyos programas analizan los distintos escenarios de guerra e indican cuáles son los objetivos que deben ser bombardeados. Thiel también fue fundador de la plataforma de pagos digitales PayPal y principal financiador de la carrera política del actual vicepresidente de los Estados Unidos, JD. Vance, convertido hace unos años al catolicismo.
Palantir, nombre que surge de la saga del Señor de los Anillos, es hoy uno de los grandes contratistas de la Administración Trump. Nacido en Alemania, también converso al cristianismo, Thiel estudió filosofía en Stanford y le ha tomado gusto a la pose de hombre misterioso. Cree que libertad y democracia empiezan a ser términos contradictorios, en la medida que las sociedades democráticas tienden a la regulación de la innovación técnica. Estados Unidos deberá ser gobernada en el futuro, por una corporación autoritaria asistida por la IA. Las democracias fabrican diques para evitar riesgos y el hombre de Palantir cree que esos diques deben ser demolidos para que la innovación fluya con total libertad, aunque presenten peligros y efectos indeseados.
Podría explicarlo así: ‘me interesa que esto vaya deprisa’, pero ha optado por el marketing y ha bautizado como Anticristo el deseo de establecer reglas humanísticas a la IA. El programa divino es cambio, perfeccionamiento y descubrimiento constante; quien lo retarde se enfrenta al verdadero significado de Cristo, es el Anticristo.
Thiel ha viajado a Roma en un gesto de clara provocación al papa León XIV, que está trabajando en una encíclica —su primera encíclica— sobre la relación de la humanidad con la IA, documento en el que planteará la necesidad de preservar la autoridad del hombre sobre la máquina. El Papa León piensa en una nueva doctrina social de la Iglesia que afronta los retos del desarrollo tecnológico. Thiel no quiere normas y evidentemente apoya la acción militar contra Irán. El Papa está efectuando llamamientos casi diarios al cese de los combates. La Iglesia católica, la Iglesia de Roma, actúa como el último gran recurso universalista. Y Thiel aborrece el universalismo. En su opinión, la máxima expresión del Anticristo sería un gobierno mundial que quisiera establecer regulaciones globales. El Papa dejó caer el siguiente comentario hace unos días, durante una misa en una parroquia romana: “Dios no puede ser reclutado por las tinieblas”, Dan Brown, supera esto.
Finalmente ha entrado en escena el primer ministro israelí Beniamin Netanyahu con estas palabras: «Jesucristo no tiene ninguna ventaja sobre Gengis Khan. Porque si eres lo suficientemente fuerte, despiadado y poderoso, el mal vencerá al bien». Para asegurar el bien hay que ser despiadado, si las circunstancias así lo requieren. Cristo no ha tenido más fuerza a lo largo de la historia que el gran conquistador mongol, el jefe del imperio más extenso de la historia en las llanuras asiáticas. He ahí otro trompazo al universalismo católico.
La hostilidad del Gobierno de Israel contra la Iglesia católica es cada vez más manifiesta. Esta semana han anunciado el cierre de la basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén durante la Semana Santa, invocando razones de seguridad. Será la primera vez en siglos que ese templo, regentado por diversas confesiones cristianas, estará cerrado durante el Viernes Santo. Hace una semana, tropas israelíes asesinaron a un sacerdote maronita (católico libanés) que intentaba auxiliar a un vecino herido por un disparo de artillería, en el sur del Líbano. Un carro de combate israelí volvió a disparar contra la casa mientras el sacerdote estaba dentro. El Papa condenó explícitamente esa muerte y fuentes vaticanas hablaron de ‘martirio’. Por su parte, el patriarca católico de Jerusalén, cardenal Pier Battista Pizzaballa, ha dicho que “la manipulación del nombre de Dios para justificar esta guerra es el peor pecado que hoy se puede cometer”. Netanyahu ha querido responderle sacando a pasear a Gengis Khan.



