Agenda cumplida. Tras más de veinticinco años de negociaciones y luego de su aprobación por Bruselas el viernes 9 de enero, el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur —que da vida al mayor tratado de libre comercio del mundo, con cerca de 800 millones de habitantes y una cuarta parte del PIB mundial— fue firmado este sábado 17.
Solo resta ahora su ratificación por los parlamentos nacionales. Pero aún, antes de ese último trámite, ya se levantan vientos competitivos que se dejarán sentir con fuerza en la República Dominicana.
Esos vientos soplan desde dos frentes. El primero, avanza con la degradación gradual de alrededor del 90% de los productos intercambiados entre ambos bloques, lo que permitirá a Europa ahorrar unos 4.000 millones de euros anuales en aranceles.
El segundo, no menos intenso, llega a través del endurecimiento de las no arancelarias europeas: mayores exigencias en sostenibilidad —alineadas con el Acuerdo de medidas de París y la lucha contra la deforestación—, el cumplimiento de los derechos laborales y la aplicación de normas cada vez más estrictas de calidad y seguridad. Reglas que, aunque legítimas, operan también como barreras para quienes no logran adaptarse.
Este nuevo escenario obliga a los exportadores dominicanos a prepararse para retos más complejos. Porque cuando cambian los vientos, no basta con resistir: hay que aprender a navegar más rápido y con mayor precisión.
La experiencia lo confirma: la degradación simultánea de un grupo de países con mayores economías de escala y ventajas tecnológicas transforma el acceso preferencial en una competencia directa por eficiencia. La presión ya no proviene de los aranceles, sino, de los precios, los estándares y las barreras no arancelarias.
El desafío que trae este nuevo puente comercial no es únicamente arancelario; es sistémico. El acceso preferencial al mercado europeo del que ya disfruta la República Dominicana a través de la EPA, no constituye una ventaja absoluta, sino relativa. No garantiza, por sí solo, la conservación de la competitividad cuando ingresan nuevos oferentes igualmente desgravados.
Además, cuando se amplía el número de países con trato preferencial, el valor económico de esa preferencia se diluye, como moneda repartida entre demasiadas manos.
En la práctica, el país deja de competir contra productores gravados por aranceles y pasa a medirse con productores también libres de ellos, pero dotados de mejores condiciones estructurales. Y en ese terreno, la competencia no perdona la falta de preparación.




