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Quinto piso:
De Cotuí a Nueva York: una historia de fe y propósito que trasciende fronteras
Hay vivencias que no caben en una agenda… ni en una meta… ni siquiera en un sueño. Son instantes que te sorprenden en medio del camino y te obligan a hacer una pausa; No solo para celebrar, sino para comprender.
Hace unos días viví uno de esos momentos. Mi reciente estancia en Estados Unidos me llevó a descubrir emociones que no empaqué cuando hice mis maletas, pero que necesitaba mirar de frente. Para alguien como yo, viajar siempre ha sido sinónimo de alegría; No necesito mucho para convertir un abrazo o una conversación en un encuentro mágico.
Todo comenzó con una sorpresa que me llenó el alma: una proclama en el estado de Nueva Jersey por mi trayectoria profesional. Confieso que sentí como si la vida me aplaudiera bajito… y yo respondí con una sonrisa llena de gratitud. Pero lo que ocurrió en la Casa de la Cultura Dominicana en el Exterior, donde presenté mi libro “Una luz que nunca se apaga”, fue distinto. Más que un logro profesional, fue un reencuentro con mis raíces y con el propósito de mi historia.
Mientras hablaba y sentía ese silencio que no incomoda, sino que abraza, entendí algo profundo: hay etapas que Dios no nos permite vivir para quedarnos en ellas, sino para transformarlas y compartirlas. El dolor no puede ser una estación de permanencia… tiene que ser un lugar de paso.
En ese escenario llegaron los reconocimientos: la proclama del estado de Nueva York, la distinción del Concejo Municipal de la ciudad, el reconocimiento de la Fundación Misión Sánchez Ramírez —que honra el nombre de mi tierra— y, en otro momento especial, el abrazo del Círculo de Locutores Dominicanos en Nueva York. Podría llamarlos premios, pero hoy los recibo como señales, como la forma silenciosa y firme en que Dios me dice: “Vas bien… sigue adelante”.
En medio de todo esto, también comprendí algo importante: el valor no está en lo que recibimos, sino en lo que hemos tenido que transformar dentro de nosotros para poder sostenerlo. Agradecer, entonces, no es cortesía… es conciencia. Es mirar atrás, reconocer lo vivido y decidir no rendirse.
Ese día en Nueva York no presenté solo un libro… presenté una versión de mí sostenida por la fe. Y desde esa comprensión, nace este agradecimiento: a la Fundación Misión Sánchez Ramírez USA, en la persona de Doña Mayra Peña, por creer y hacer posible este sueño; a la Casa de la Cultura Dominicana en el Exterior, por abrir sus puertas y convertirse en escenario de un encuentro tan significativo; al Consulado General de la República Dominicana en Nueva York, en la persona de su cónsul, Jesús Vásquez, por su cercanía, respaldo y por recibirme con tanta deferencia; a Shadie Tineo, por conducir con tanta nuestra sensibilidad encuentro; a mi querida Anyeli Díaz, por darle voz al prólogo de una historia que nace desde lo más profundo de mi vida; ya Arisleyda Almanzar junto a todo el equipo de @lalpebeautysalon, por su entrega en cada detalle.
A cada institución que me honró con su reconocimiento, ya quienes estuvieron presentes, escucharon y abrazaron mi historia como suya, gracias. Y, sobre todo, a Dios… por escribir en mi vida capítulos que hoy puedo compartir con propósito.
Hoy, desde el quinto piso de mi vida, no celebro solo haber llegado a Nueva York… celebro haber llegado a mí. Porque hay logros que se aplauden en público, pero hay procesos que se agradecen en silencio, con el alma iluminada y el corazón en paz.
Ana Misericordia Otáñez G.
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