Hay noches en que no se encuentran dos cuerpos sino dos balances. Uno llega al catre con su contabilidad emocional, el otro con su cartera llena de silencios, y entre ambos queda flotando una factura que nadie quiere abrir porque se ve larga, con intereses y letra pequeña. No es que falten ganas; es que sobran cuentas por pagar: el cansancio acumulado, las conversaciones postergadas, las veces que uno pidió y el otro archivó con un “después hablamos” que terminó en archivo muerto.
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En esos momentos, el mueble principal del cuarto deja de ser territorio de goce y se convierte en sala de conciliación doméstica. Derecho de familia, pero sin abogados ni testigos. La planta baja, que suele ser órgano noble y rebelde, entra en modo espera, como funcionario público después del almuerzo: presente, pero sin entusiasmo. No por desamor, sino por saturación. A veces no falla el deseo, falla la paz.
Dos cuerpos pueden tocarse sin tocarse, y ahí está el verdadero déficit. Se recorren las superficies, pero no las deudas. Se dan besos de trámite y caricias con firma digital, movimientos que cumplen pero no convencen. El aquello empieza a resentirse, no porque esté viejo, sino porque está mal administrado, como empresa familiar sin junta directiva ni claridad de funciones.
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Y lo más irónico: nadie quiere hablar de la factura, pero todos la sienten. Aparece en forma de ironía defensiva, de cansancio acumulado, de girarse hacia el borde del colchón como quien le da la espalda a un banco que no quiere renegociar. Se duerme primero para no enfrentar la posibilidad del encuentro, que siempre es más exigente que el sueño.
Sin embargo, cuando alguien se atreve a revisar el estado de cuenta sin gritos, sin moralismos y sin discursos, algo se ajusta. Bastan abonos pequeños: una conversación honesta sin tono judicial, una caricia sin objetivo ni meta, una risa que no esté usada para huir. No hace falta saldar todo de una vez; a veces basta con reconocer que hay deuda y que vale la pena pagarla en vida.
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Porque el sexo, cuando es verdadero, no es una transacción ni un acto mecánico de cumplimiento emocional: es una tregua. Una suspensión breve de las hostilidades cotidianas. Un recordatorio de que dos cuerpos no solo se quieren por historia, sino por presente. Y las facturas pendientes, en el fondo, no se pagan con dinero ni con promesas, sino con presencia sostenida, con atención sin distracciones, con ese raro acto de volver a mirarse sin pasar por la agenda diaria. Y cuando eso ocurre, aunque sea de vez en cuando, la planta baja vuelve a responder, no por obligación, sino por gratitud. Hasta luego.
ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO



