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En diciembre de 1979, la Unión Soviética invadió Afganistán. Lo hizo tras asesinar al líder local e instalar a un títere prorruso, todo bajo el eufemismo de “ayuda fraternal”. Occidente lo condenó como una violación flagrante de la soberanía. Hoy, cuarenta y siete años después, Estados Unidos actúa con la misma lógica —solo que con mejor marketing.
La supuesta “segunda Guerra Fría” no es un duelo de ideologías, sino una competencia por el control de recursos, rutas y regímenes sumisos. Y en ese juego, Washington sigue aplicando la vieja fórmula: intervenir donde le conviene, mientras predica no intervención.
Tomemos a Venezuela. Desde 2019, EE.UU. ha impuestos sanciones paralizantes, activos estatales congelados y reconocidos a un autoproclamado presidente sin base constitucional. Su objetivo no es la democracia, sino el petróleo y la contención de Rusia y China. Mientras tanto, Moscú y Pekín se presentan como defensores de la soberanía… aunque también buscan oro, litio y una base antiestadounidense. Todos mienten, pero solo uno tiene el poder de imponer su mentira como norma global.
Y luego está Groenlandia. En 2019, Donald Trump propuso comprar la isla como si fuera una propiedad inmobiliaria. La idea fue ridiculizada, pero reveló una verdad incómoda: para EE.UU., los territorios periféricos existen para ser utilizados. Hoy refuerza su base en Thule, vigila cada intento chino de invertir en minería y presiona a Dinamarca para que excluya a rivales. ¿Dónde queda el respeto a la autodeterminación? Solo aplica cuando el pueblo elige lo que Washington quiere.
Lo irónico es que EE.UU. condenó a la URSS por hacer en Afganistán exactamente lo que hace hoy en Venezuela o proyecta en Groenlandia: usar la retórica de la defensa para justificar la dominación. La diferencia no es moral, sino de eficacia narrativa. Mientras los soviéticos hablaban de “revolución”, los estadounidenses hablan de “valores”. Pero ambos reducen a los países del Sur Global a peones en su tablero.
Peor aún: esta hipocresía debilita el derecho internacional. Si EE.UU. puede desconocer gobiernos legítimos, bloquear economías enteras o amenazar con comprar territorios, ¿por qué no podrían Rusia o China hacer lo mismo? El orden liberal no se sostiene con principios, sino con privilegios para unos pocos.
Afganistán nos enseñó que ningún imperio admite sus propios crímenes. La URSS cayó no solo por su economía, sino por la contradicción entre su discurso de liberación y su práctica de ocupación. Hoy, EE.UU. camina la misma senda: predica democracia mientras dictaduras financieras útiles, exige soberanía para sí y la niega a otros.
En un mundo multipolar, esa doble moral ya no convence. Y mientras Washington insista en tratar a Venezuela como una amenaza ya Groenlandia como un activo, seguirá alimentando las mismas resistencias que ayudaránon a hundir a la URSS. Porque al final, el imperialismo siempre se parece a sí mismo —solo cambia el uniforme.
Por Iscander Santana
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