Hay una fantasía persistente, cómoda y profundamente injusta que se cuela al catre con una naturalidad pasmosa: la idea de quesi hay amor, la contraparte debería saber qué se quiere, cuándo se quiere y cómo se quiere, sin que nadie tenga que decirlo. Como si el deseo viniera con manual invisible, intuición incorporada y traducción simultánea al departamento inferior.
Ese mito suele disfrazarse de romanticismo, pero en realidad es pereza emocional. Esperar que el otro adivine las ganas, los ritmos, los antojos o las inseguridades es una forma elegante de no hablar. Y cuando no se habla, el cuerpo termina hablando solo… o cerrándose. En la cama, el famoso “debería saberlo” se convierte en una colección silenciosa de decepciones: aquello que no pasó, lo que pasó mal, lo que pasó tarde o lo que dejó de pasar. Nadie reclama, pero el goce fallido toma nota y pasa factura.
Esperar que el otro adivine las ganas, los antojos o las inseguridades es una forma de no hablar. Foto:iStock
La paradoja es cruel: se exige intuición absoluta, pero se ofrece información mínima. Se quiere complicidad sin preguntas, se castiga la palabra directa y se confunde el silencio con sofisticación. Mientras tanto, las ganas se vuelven intermitentes, algo caprichosas, menos obedientes. No desaparecerán; se resienten, se aplazan y se enfrían.
Hablar de sexo sigue siendo más difícil que tenerlo. Decir “así no”, “así mejor”, “hoy no” o “hoy sí” todavía suena una amenaza cuando debería ser una cortesía básica. El deseo no se ofende por ser nombrado; se apaga cuando es ignorado. El catre no es una sala de adivinanzas ni un concurso de telepatía: es un espacio donde el lenguaje también desnudo.
Y ahí, sin ser protagonista, aparece en febrero. El frío leve, las lluvias persistentes, la rutina retomada y el cuerpo que pide abrigo. Todo influye. El hambre por el aquello camina más lento, busca calor, exige algo más que suposiciones heroicas.
Tal vez haya que abandonar de una vez esa ficción cómoda. Amar no es adivinar. No desear es suponer. Decir lo que enciende, lo que incomoda y lo que apaga no mata el misterio: lo vuelve practicable. Porque incluso en febrero, con la lluvia golpeando la ventana, hablar claro puede ser el gesto más caliente de estas noches.
Hasta luego.
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