Definido ya el conflicto auspiciado por el trumpismo y sus aliados como una confrontación entre autoritarismo y democracia –y entre europeísmo y nacionalismos–, las políticas que hasta ahora se movían en marcos estrictamente estatales comienzan a verso atravesadas por el costo de esos posicionamientos. El caso de Hungría se ha convertido en una referencia: el desgaste del proyecto antieuropeísta de Viktor Orbán muestra hasta qué punto esa deriva puede encontrar límites. También resulta significativo el giro de Giorgia Meloni, que ha terminado alineándose, en lo esencial, con líderes como Pedro Sánchez frente a Donald Trump. En su caso, probablemente influida también por el coste político de su anterior cercanía a la Casa Blanca en su fracasado intento de reforma judicial. A ello se suma el papel del papa León XIV, convertido en uno de los principales referentes morales frente a los impulsos autoritarios, al reivindicar valores que han ido definiendo la Europa social y política de las últimas décadas.
En España, sin embargo, el punto de partida es distinto. El Gobierno ha sido de los primeros en Europa en confrontar abiertamente el universo trumpista. Mientras tanto, Vox, alineado con los llamados patriotas europeos y con las redes políticas que orbitan en torno a Trump, no parece, por ahora, acusar ese desgaste, como razonaba ayer en este diario Lola García. Sin embargo, todo apunta a que la recuperación de una cierta idea de Europa –más cohesionada, más autónoma y más consciente de su papel frente a las presiones externas, tanto estadounidenses como rusas– acabará trasladándose al debate interno de los estados.
La ola contraria al autoritarismo alcanzará a todos los estados de la UE
En el caso español, esto pone el foco en un Partido Popular cada vez más condicionado por sus acuerdos con Vox para gobernar en distintas comunidades autónomas, y quizás en el futuro una escalada nacional. En ese contexto, no es descartable que el iliberalismo entre en crisis si se consolida una mayoría social y política favorable a reforzar el proyecto europeo. La historia, hoy acelerada por el paradigma digital, abre ventanas de oportunidad que obligan a tomar posición. Las modas políticas pasan, especialmente cuando se sostienen contra la dignidad humana, aunque a corto plazo parezcan imponerse a quienes aspiran a dominar el mundo desde la fuerza.
Tal vez estemos ante un momento Europa, si es capaz de acordar soluciones para los grandes dilemas que hemos de afrontar: un punto de inflexión en el que defender una idea de convivencia democrática deje de ser una opción entre otras para convertirse en la única respuesta viable frente al caos que algunos propugnan. Los partidos que lo entiendan, a derecha e izquierda, serán probablemente los que marquen el rumbo en sus respectivos países en un futuro no lejano. Porque, esta vez, Europa no es solo el escenario: es, más que nunca, la única referencia moral que se contrapone a quienes quieren imponerse por la fuerza.



