En ciertos corredores de la vida cotidiana –sobre todo donde las conversaciones femeninas se vuelven pequeñas cátedras de sociolingüística aplicada– ha prosperado la expresión ‘arrocito en bajo’. Nadie recuerda con exactitud quién la inventó, pero todo el mundo entiende su significado sin necesidad de glosario: se trata de ese alguien que aún no es nada, pero podría serlo; Ese prospecto afectivo que se mantiene a fuego mínimo para no quemarlo, no anunciarlo, no arruinarlo. Una especie de ensayo emocional donde el deseo respira sin prisa y la imaginación hace estiramientos suaves antes de decidir si vale la pena saltar al catre o dejarlo archivado como curiosidad del destino.
De hecho, el ‘arrocito en bajo’ funciona como una metáfora culinaria del deseo contemporáneo: si se sube el fuego demasiado rápido, se espanta; si se deja mucho tiempo descuidado, se vuelve pegado; y si se agita sin necesidad, hace grumos afectivos Difícil de explicar después. Por eso quienes lo cultivan saben que la gracia está en la tibieza, en esa zona intermedia donde la planta baja recuerda que todavía tiene circulación, sin que eso implique desórdenes institucionales ni dramas que acaben citados en una asamblea de pareja.
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En realidad, el ‘arrocito en bajo’ es un ritual silencioso de autovalidación. No requiere infidelidad ni declaración de intenciones: basta un cruce de miradas, una conversación demasiado bien hilada o ese gesto que despierta ganas sin exigir nada a cambio. Es una especie de recordatorio interno –y bastante democrático– de que el deseo no muere por saturación doméstica ni por acumulación de rutinas, sino porque a veces olvidamos que el fuego interno también necesita aire.
Las personas suelen gestionarlo con una mezcla de prudencia y humor. Hablan del arrocito con la naturalidad de quien confía un gusto por el chocolate amargo: no compromete, no humilla, no obliga. Pero sí me alegro. Y en esos territorios donde el aquello se mantiene en hibernación selectiva, el ‘arrocito’ funciona como una suerte de alarma temprana del propio cuerpo, anunciando que todavía hay apetitotodavía hay imaginación, todavía hay capacidad de sonreír ante la posibilidad de ser deseado o de desear.
El riesgo, claro, aparece cuando se deja cocinar tanto que se vuelve pega emocional, una sustancia espesa de expectativas y ansiedades que nadie pidió y que rara vez conduce a algo sano. Ese es el punto donde el ‘arrocito’, en vez de avivar la vida erótica se convierte en ruido, autocastigo o ilusión desbordada. Por eso la recomendación sensata es vigilar la olla: ni demasiado calor, ni demasiado abandono. Si el arrocito se pega, ya no es metáfora, sino problema.
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La propuesta de esta columna –porque siempre debe haber una– es simple: conservar el ‘arrocito’ como ejercicio lúdico del deseo, no como válvula de escape ni como atajo emocional. Entenderlo como un estado mental que permite refrescar los sentidos sin traicionar convicciones y que recuerda que el catre, aun bajo llave, sigue siendo escenario potencial de aventuras consensuadas cuando las circunstancias lo permiten. El ‘arrocito en bajo’ debe ser ligero, aromático, juguetón, jamás dramático..
Porque, al final, a fuego muy lento, lo que se cocina no es la infidelidad, ni la clandestinidad ni la sospecha, sino la certeza íntima de que se está vivo. Y si algún día la vida decide subir un poco la llama, que encuentre a las personas listas, libres de pega, sin enredos, sin discursos ajenos, y con la serenidad suficiente para dejar que la imaginación –y solo si hay consenso mutuo– explore los caminos que lleven al aquello, al catre o simplemente a una sonrisa que no necesita explicaciones. Hasta luego.
Esther Balac
Para EL TIEMPO



