El ejercicio de nostalgia por el tiempo no vivido es todavía mayor de lo esperado. Porque no es ya que los fragmentos de intervenciones públicas de la Transición les den mil vueltas a los discursos de hoy día. Es que se queda uno de piedra asistiendo a las entrevistas a los protagonistas, grabadas expresamente para la serie en algún momento de la primera mitad de la década de los noventa. (Terminada en 1993, TVE no la emitió, sin embargo, hasta el verano de 1995).
Hay algo que sí tenían en común «las dos Españas». Daba igual un exministro franquista que Santiago Carrillo, Rodolfo Martín Villa que Teodulfo Lagunero, Joaquín Satrústegui que José Mario Armero. Todos hablaban muy bien ante la cámara, siendo capaces de ajustar perfectamente su discurso a la ocasión. Es dudoso que Prego les facilite las preguntas de antemano. Aunque así hubiera sido, la capacidad de armar una argumentación y exponerla siendo grabado, utilizando para cada idea un término muy preciso, resulta hoy bastante desarmante.
Cabría preguntarse por qué si la respuesta no fuese tan obvia. La conversación pública ha optado por prescindir de cualquier atisbo de diferenciación de los registros del lenguaje. Lo notamos cuando en cualquier tertulia de análisis político se interviene echando mano de las mismas palabras y argumentos que servirían en una conversación informal desarrollada en la barra de un bar. O cuando el presentador mejor visto por el Oficialismo convierte en su marca de fábrica preguntar por la frecuencia de la actividad sexual y por el dinero que se tiene en el banco.
Pero donde más lo notamos es en el lenguaje de los propios políticos. Un ministro del Gobierno tuitea que la oposición está llena de «mierda». Un diputado de Vox cree que su crítica al Ejecutivo es más rotunda por calificarla de «puto desastre» en la sede parlamentaria. Los líderes no le hacen asco a amagar con la broma del cinco.
La condición de «representante del pueblo» no puede estar aquí peor interpretada. (A este paso los plenos van a tener que hacerse directamente en Casa Manolo).
Gabriel Rufíán ha sido elevado a los altares de la oratoria por el uso recurrente de la expresión «por lo que sea». El desempeño dialéctico del ambiciosísimo acto protagonizado junto a Emilio Delgado para reformular «la izquierda a la izquierda» no formará parte de ninguna antología.
Primero fue el humor canallita y luego la proliferación del formato podcast. El caso es que la presencia de un micrófono que graba o emite aquello que decimos ya no funciona como señal de activación de una manera de expresarse mínimamente aseada.
Entre los dos intervinientes, y la autodenominada moderada, los «joder» y los «putos» fluían a velocidad de película de mafiosos de Martin Scorsese.
El universo digital se ha visto sacudido estos días por el testimonio de una joven tiktoker que se confiesa incapaz de leer Cumbres Borrascosas.
Su intento no consigue pasar de la primera página, recibiendo el «alto» de expresiones para ella incomprensibles, tales como «autonomasia», «estrépito» o «estaño». «Y así todo el capítulo», nos dice sin pudor. «¿Cómo me voy a leer el libro si no entiendo el vocabulario?».
La viralidad ha servido para leer algunos aportes interesantes al respecto. Varios son de profesores de Literatura alertando sobre las consultas léxicas relativas a términos de uso absolutamente comunes durante cualquier clase de lectura colectiva.
Cabe preguntarse si no se ha puesto demasiado bajo el listón de lo que pasa a considerarse «pedante». Y si no se ha impuesto sobre esta condición un estigma social demasiado lacerante.
Es probable que se esté incubando un problema cuya dimensión real no alcancemos a calibrar hasta dentro de algunos años. Será entonces cuando se eche la vista atrás para buscar responsables. Quizás se señale a aquellos que, durante décadas, debieron de dar ejemplo. Y luego todo sea llanto y crujir de dientes.
Que son unos cuerpos duros que, engastados en las mandíbulas del hombre y de muchos animales, quedan descubiertos en parte, para servir como órganos de masticación o de defensa.



