La izquierda vive momentos de confusión, con un PSOE a la baja, elección tras elección, y una izquierda a su izquierda que no acierta con la fórmula para recoger el malestar de los votantes socialistas, de modo que lo único que postula, hasta ahora, es un cambio de nombre. Por eso se entienden las palabras, cada vez más críticas, de Felipe González a Pedro Sánchez. González es algo más que un expresidente, es el hacedor del actual PSOE, el referente de la socialdemocracia española y encarna el buen hacer del socialismo contemporáneo, por lo menos del Partido Socialista que fue capaz de elaborar un proyecto atrayente para una mayoría social.
Comparto muchas de las posiciones del expresidente: Sobre las alianzas de Pedro Sánchez, la forma de gobernar, ser presidente sin haber sido la fuerza más votada; hacerlo abusando de los decretos leyes o las proposiciones de ley para evitar los informes de las instituciones consultivas e incluso el debate parlamentario, y pretendiendo hacer ahora por decreto, porque no tiene mayoría para aprobar leyes. Sin hablar de los presupuestos, antes síntoma definitivo del declive y agotamiento de un gobierno.
Los socialistas deben pensar qué quiere ser y con qué programa.
Eso no quiere decir que crea que Felipe González acierta siempre. Sus palabras de hace unos días en “Los Desayunos del Ateneo”, en Madrid, con la afirmación de que votará en blanco si el candidato del PSOE sigue siendo Pedro Sánchez, porque lo que no será votar a un partido distinto al Partido Socialista, estoy segura de que representa el pensamiento de muchos militantes y socialistas opuestos. Pero hay formas y formas de decir las cosas, y el expresidente se podría haber hablado de otra manera. Se hubiera situado al lado de ese electorado socialista que no está de acuerdo con Sánchez, y espera en la abstención.
González sabía la repercusión que tendrían sus palabras, dichas después del varapalo electoral en Aragón, que se suma a las derrotas en Extremadura un mes antes; a las municipales y autonómicas de 2023; a las generales de ese año, aunque Sánchez lograra ser presidente; ya las europeas y las gallegas de 2024. Sólo puede apuntarse el triunfo de Salvador Illa en Catalunya y los resultados del PSE en Euskadi, donde gobierna en coalición junto al PNV, aunque se haya convertido en el tercer partido de esa comunidad. Y todo sin hacer la más mínima autocrítica, satisfechos con que el Partido Popular no avanza más.
Porque González sabía cómo se iban a interpretar sus palabras, y cómo las iban a aprovechar otros partidos, empezando por el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, tenía que haber dicho lo que dijo de otra forma, si lo que quiere, y lo entiendo, es que si el PSOE se sigue hundiendo, que nadie pueda decir que en el partido nadie había levantado la voz.
Pero González no es un jarrón chino que pueda romperse en pedazos de un manotazo, y por eso Sánchez no se ha atrevido a criticarle él mismo, a expulsarle del partido como piden algunos dirigentes y le comparan con otros casos que acabaron en expulsión, cuando anunciaron su voto para otro partido. González núm. Por ello no se merece las palabras de algunos ministros, enviados por Sánchez, como Ángel Víctor Torres, que hasta le mostró la puerta de salida. Eso sí. No llegaron a la crueldad de Óscar López, que responsabilizó al fallecido Javier Lambán, expresidente de Aragón, de los malos resultados del PSOE.
El PSOE debería pensar qué quiere ser y con qué programa. Qué quiere hacer, además de gobernar, qué España quiere, con qué proyecto, y después vendrá qué líder es el idóneo para dirigirlo. Un líder que no debería saltarse las líneas rojas de ese proyecto. Para ello, en el PSOE son necesarios todos, desde Felipe González hasta Pedro Sánchez, porque si no, creo, dejará de ser relevante.
También pienso que Felipe González no es el principal enemigo de Pedro Sánchez.




