Cuando llegan a los búnkeres no hay nadie, y entonces salta la sorpresa.
Ganar dejando entrar. Ucrania está aplicando una defensa más flexible y letal que consiste es “pre-registrador” su artillería sobre posiciones propias de primera línea, de modo que cuando los rusos las asaltan y las capturan, entran literalmente en un punto ya calibrado. para ser arrasado: el fuerte cae, el enemigo se concentra, y entonces llega el castigo masivo que convierte el éxito ruso en una trampa mortal.
Tras ese golpe, una rama de asalto ucraniana vuelve a recuperar los puntos devastados, cerrando un ciclo que maximiza el daño a distancia y reduce la exposición de la infantería propia, algo clave en un contexto de escasez creciente de soldados entrenados. Esta lógica, denunciada incluso por voces prorrusas como la estrategia de “dejar entrar” es en realidad una manera de imponer el ritmo: no se trata de impedir que avancen siempre, sino de hacer que cada avance sea caro, lento y sangriento.
La “zona de muerte” como doctrina. La táctica funciona porque el campo de batalla se ha convertido en una “kill Zone” permanente donde el defensor intenta mantener un vacío mortal entre el borde delantero y la retaguardia: la artillería se coloca más atrás, fuera del alcance habitual de drones rivales, y las posiciones avanzadas se fortifican. para atraer ataquesesperando a que el enemigo entre para destruirlo allí mismo con fuego y drones.
Los operadores de drones no solo golpean en el frente, también cazan rutas de suministro y refuerzo, y cualquier actividad cerca de posiciones “recién tomadas” se vuelve visible y atacable. A esto se suma el minado constante (incluido remoto) y el uso de “emboscadores” en los pocos ejes logísticos posibles, de forma que el atacante no solo paga por capturar, sino que paga el doble por intentar consolidar.


La táctica de «dejar entrar» tras pre-registrar una posición
El golpe decisivo. El punto más sorprendente de este enfoque es que el defensor no busca tanto “retener cada metro” como impedir que el atacante despliegue su segundo escalan: cuando la fuerza que avanza intenta traer refuerzos especializados (por ejemplo, operadores de drones para sostener el terreno), el defensor lanza ofensivas locales rápidasaunque cuesten material, para conservar intacta la zona de muerte y mantener al enemigo atrapado en un espacio donde no puede asentarse.
Así, el avance existe en el papel o en la imagen del dron, pero se vuelve tácticamente estéril: capturas algo y, antes de transformarlo en una posición utilizable, se convierte en un matadero, como se describe en sectores como Kupiansk. Es una guerra donde “dejar entrar” no es un extra: es el momento en que el avance enemigo deja de ser progreso y pasa a ser pérdida.
La consecuencia psicológica y moral. Este tipo de dinámicas están erosionando la voluntad ofensiva porque obliga a elegir entre kilómetros y vidasespecialmente las “caras” de soldados competentes que saben moverse en esa zona de muerte: no es solo que el avance cueste, es que cuesta exactamente lo más valioso.
De ahí surge un dilema del propio frente: avanzar a lo grande sin preparación significa quemar unidades entrenadaspero avanzar “mínimamente” o poco para poder reportar presencia ahorra recursos… a costa de generar situaciones absurdas donde ya no puedes pedir fuego sobre posiciones que oficialmente “son tuyas”aunque en la realidad estén siendo trituradas o disputadas. En ese marco, la guerra informativa del control territorial se mezcla con la supervivencia real, y el “progreso” se vuelve una decisión de lo más difusa.
La revolución tecnológica al rescate. Lo hemos ido contando. El fondo de todo es que Ucrania está en el centro de una transformación militar: los soldados son el recurso más caro y difícil de reemplazar, mientras los sistemas no tripulados han pasado a dominar el combate, expandiéndose a escala industrial, bajando costos y multiplicando impacto.
El frente se gestiona cada vez más desde la retaguardia o búnkeres con operadores que controlan el espacio, y los intentos de rupturas “clásicas” se vuelven casi suicidas: la clave ya no es lanzar columnas, sino dispersarse, camuflarse y empujar gradualmente la zona de muerte hacia atrás. A medida que la guerra evoluciona hacia enjambres, coordinación por IA y ataques persistentes, la ventaja no es tener el arma más cara, sino tener millas de armas baratas, redes de comunicaciones confiables y la capacidad de actualizar sistemas sin parar.
La guerra que viene. Así, la decisión estratégica se desplaza a la logistica y la industria: cortar rutas terrestres, proteger el suministro, atacar fábricascentros logísticos y mandos ocultos, y hacerlo con medios reutilizables y no tripulados es cada vez más determinante. Las victorias dependen de producir drones en masa, asegurar componentes, sostener comunicaciones tipo Starlink y dominar la capa cibernética que puede cegar, descoordinar o paralizar un frente entero.
Por eso la estrategia de “dejar entrar” no parece un truco aislado, sino una consecuencia directa del nuevo campo de batalla: si el primero que entra muere, el que espera y remata con precisión (con drones, minas, artillería y coordinación digital) se queda con la iniciativa aunque parezca que está retrocediendo.
Imagen | Ejército de EE. UU. Europa
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