Al comenzar el año hay rituales inevitables: botar papeles viejos, ordenar cajones, prometer que ahora sí se va a dormir mejor. Y está ese otro orden, menos visible pero igual de urgente: revise cómo andan el cuerpo, la cabeza y el departamento inferior antes de que los meses pasen por encima como quien entra y sale de la casa sin prender la luz… y luego se pregunta por qué tropieza.
LEA TAMBIÉN
La vigilancia de la salud sexual no es obsesión ni moralina. Es simple mantenimiento humano. Incluye lo evidente –chequeos médicos, exámenes que se aplazan– y lo menos comentado: la próstata, que también pide atención; la lubricación, que cambia con el tiempo; el deseo, que sube y baja sin pedir permiso. Todo es parte del mismo sistema, aunque a algunos les incomode aceptarlo.
Porque sí, en el departamento inferior también merodean bichos. Infecciones discretas, silenciosas, oportunistas. Nada épico, nada vergonzoso, pero sí digno de vigilancia. Ignorarlas no es valentía ni libertad sexual, es descubierto con pretensiones de invulnerabilidad. El cuerpo suele avisar con señales pequeñas: incomodidades que se normalizan, ardorcitos que se minimizan, silencios sospechosos. Escuchar a tiempo ahorra dramas después.
LEA TAMBIÉN

La mente, ese cuarto que siempre se deja para después, también cuenta. Estrés acumulados, culpas inútiles, comparaciones absurdas con cuerpos ajenos y vidas de vitrina. Todo eso termina llegando al catre. Cuando la cabeza está saturada, el departamento inferior se vuelve discretoprudente, sindical: cumple horario, reduce funciones y se declara en asamblea permanente. No hace escándalo. Simplemente baja la persiana.
Cuidar el sexo no es medir desempeño ni sumar medallas ni hacer clasificaciones imaginarios que nadie pidió. Es revisar hábitos, dormir mejor, comer con menos culpa, hablar lo necesario, escuchar más. Entender que el placer no es un lujo ni un premio por buena conducta, sino un indicador fino –y bastante honesto– de cómo se está viviendo. Cuando se cuida, el sexo se vuelve a conversar; cuando se abandona, se vuelve trámite, excusa elegante o silencio incómodo con luces apagadas.
Y conviene decirlo sin solemnidad: nadie empieza el año y vuelve de vacaciones convertida mágicamente en una persona deseable, potente, ganosa, lubricada, deseante y libre de bichos por arte de calendario. Eso se construye. Con paciencia. Con risa. Con cheques. Con menos autoengaño y más curiosidad. El aquello, bien tratado, responde mejor que cualquier promesa escrita a las tres de la mañana.
LEA TAMBIÉN

Así que empezar el año con esta revisión cotidiana –sin pánico, sin discursos épicos– es una forma adulta de quererse. Ordenar la despensa, botar lo que ya no sirve, reponer lo esencial y dejar espacio para lo nuevo. Que la cama no se llena de polvo, que la planta baja esté en orden y que las ganas, bien cuidadas, hagan lo que mejor saben hacer: aparecer cuando se les invita, no cuando se les suplica. Hasta luego.
Esther Balac
Para EL TIEMPO
! function (f, b, e, v, n, t, s) {
if (f.fbq) return;
n = f.fbq = function () {
n.callMethod ?
n.callMethod.apply(n, arguments) : n.queue.push(arguments)
};
if (!f._fbq) f._fbq = n;
n.push = n;
n.loaded = !0;
n.version = '2.0';
n.queue = ();
t = b.createElement(e);
t.async = !0;
t.src = v;
s = b.getElementsByTagName(e)(0);
s.parentNode.insertBefore(t, s)
}
(window, document, 'script', 'https://connect.facebook.net/en_US/fbevents.js');
fbq('init', '2639268933010768');
fbq('track', 'PageView');



