Invertir en salud no solo mejora la calidad de vida de las personas, sino que también impulsa de manera directa el crecimiento económico de los países. Estudios internacionales citados en el sector muestran que, por cada dólar destinado a mejoras en salud, las economías pueden obtener hasta cuatro dólares adicionales en crecimiento del producto interno bruto (PIB). Esta relación positiva se explica por un “efecto dominó”: poblaciones más sanas requieren menos tratamientos futuros, permanecen activas laboralmente y permiten que los recursos disponibles se dirijan a quienes más los necesitan.
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Los biosimilares se posicionan como una herramienta clave para reducir brechas de acceso. Foto:iStock
Este enfoque cobra especial relevancia en el contexto actual de los sistemas de salud, marcados por el envejecimiento poblacional y el aumento acelerado de las enfermedades no transmisibles (ENT), como el cáncer y las patologías cardiovasculares. En América Latina, la tendencia avanza con mayor rapidez que en otras regiones del mundo. Se estima que la incidencia del cáncer crecerá un 83 % entre 2022 y 2050, un incremento significativamente superior al proyectado para América del Norte o Europa. A este panorama se suma que el impacto económico de estas enfermedades podría superar el 4,2 % del PIB regional.
Las presiones financieras no son el único desafío. La limitada disponibilidad de recursos y de talento humano ha generado barreras de acceso, prolongación de los tiempos de espera y riesgos de deterioro en la calidad de la atención. En este escenario, los sistemas de salud enfrentan el reto de ampliar la cobertura y garantizar tratamientos efectivos sin comprometer su sostenibilidad financiera.
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Una alternativa para ampliar el acceso.
Frente a estas tensiones, los biosimilares se consolidan como una de las alternativas más relevantes para mejorar la eficiencia del gasto en salud. Estos medicamentos, altamente similares a los biológicos de referencia, deben demostrar para su aprobación que no presentan diferencias significativas en seguridad, eficacia o calidad. Gracias a estas características, se posicionan como opciones costo-efectivas para el tratamiento de enfermedades complejas, incluido el cáncer.
“Los biosimilares permiten que los sistemas de salud atiendan a un mayor número de pacientes, y su llegada es especialmente relevante en la región”, explica Rodrigo Ferreira, vicepresidente de la línea de Medicamentos Establecidos de Abbott en Latinoamérica. Según el directivo, en países como Brasil y México hasta el 40 % de las personas con cáncer que podrían beneficiarse de terapias biológicas no acceden al tratamiento que necesitan, una brecha que estas alternativas podrían ayudar a reducir.
Educación y confianza son los desafíos para acelerar el uso de biosimilares en Colombia Foto:iStock
El impacto económico de los biosimilares ya es tangible. De acuerdo con estimaciones del sector, estos medicamentos han generado millas de millones de dólares en ahorros y podrían aportar hasta 290 mil millones de dólares en beneficios económicos acumulados a nivel mundial para 2027. La experiencia europea respalda estas proyecciones: en Reino Unido, Francia y Alemania, la transición hacia biosimilares para el tratamiento de la artritis reumatoide permitió ahorrar entre 233 y 433 millones de euros en un período de cinco años, recursos suficientes para tratar a 7.500 pacientes adicionales.
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Más allá del ahorro directo, algunos países han desarrollado estrategias para maximizar el impacto de los biosimilares mediante mecanismos de reinversión. Existen acuerdos de participación en beneficios que permiten redistribuir los recursos generados entre hospitales, médicos, pacientes y aseguradoras. En Francia, por ejemplo, el 20 % de la diferencia de precio entre un medicamento biológico de referencia y su biosimilar se transfiere directamente a los hospitales, con el objetivo de fortalecer la calidad de la atención y ampliar el acceso a los tratamientos.
Este tipo de políticas refuerza el efecto positivo de los biosimilares en la sostenibilidad de los sistemas de salud, al permitir que los ahorros se traduzcan en mejoras concretas para los pacientes y en inversiones estratégicas para las instituciones.
Educación y confianza, los retos pendientes
En América Latina, la adopción de biosimilares ha sido más lenta debido a barreras como el desconocimiento y la falta de lineamientos y regulaciones claras. Estos factores han afectado la confianza de médicos y pacientes, reduciendo los incentivos para su uso. Sin embargo, el panorama comienza a cambiar a medida que se fortalece la evidencia científica sobre su calidad, seguridad y eficacia, y se consolidan marcos regulatorios más robustos.
La educación se ha convertido en un elemento clave de este proceso. Un ejemplo es la Academia de Biosimilares, un programa desarrollado por Abbott junto con asociaciones médicas y universidades, que en Colombia ha permitido compartir avances científicos con la comunidad médica y promover una adopción más informada en todos los niveles de atención.
Cada dólar invertido en salud puede traducirse en hasta cuatro dólares de crecimiento del PIB Foto:iStock
De cara al futuro, se proyecta que la ciencia y el uso de biosimilares en América Latina se expandan de manera acelerada, impulsados por la dinámica de los sistemas de salud, regulaciones más sólidas y la ampliación de programas educativos. Superar las barreras de implementación será determinante para que estas soluciones de alto valor lleguen efectivamente a quienes las necesitan.
“Cada vez más actores del sector salud están trabajando para ampliar el uso de estos medicamentos, y la evidencia muestra que su impacto ya es tangible”, concluye Ferreira. A su juicio, a medida que crezca la adopción de biosimilares, el efecto dominó se reflejará en sistemas más sostenibles y en un acceso más amplio y equitativo a tratamientos esenciales, permitiendo que millones de personas en la región vivan vidas más saludables.
EDWIN CAICEDO
Periodista de Medio Ambiente y Salud
@CaicedoUcros



