De vez en cuando, los medios deciden detener la corriente inagotable de títulos tecnológicos y preguntarse no tanto por las máquinas o los billones de dólares, sino por quienes están pensando seriamente en lo que las máquinas nos hacen.
Lo normal, desgraciadamente, es lo contrario: que hagan atrocidades como la de la revista Time de nombrar «arquitectos de la inteligencia artificial» a un puñado de billonarios que no han creado nada, y que simplemente se dedican a convertir en negocio, generalmente además con un componente extractivo sumamente malsano, lo que otros han logrado hacer realidad con su investigación, su ingeniería y su intelecto.
Hace unas semanas recibí un mensaje de Jaime RubioHancockdesde el suplemento Ideas de El País, invitándome a participar en un proyecto precisamente así: votar a los diez pensadores vivos que mejor nos ayudan a entender el impacto de la tecnología en nuestras vidas. No empresarios, ni emprendedores, ni magnates, sino filósofos, ensayistas, economistas, periodistas o sociólogos capaces de poner orden intelectual en un mundo en vertiginosa transformación. Los que de verdad deben recibir el calificativo de «influencers»en lugar de cuatro idiotas dedicadas únicamente a vender basura variada.
Acepté inmediatamente, porque me pareció una iniciativa tan necesaria como inusual. En plena sobrecarga de discursos simplificados, es refrescante que un medio decidido mirar hacia quienes elaboran marcos conceptuales rigurosos, y no hacia los que simplemente ocupan titulares por lanzar productos o acumular billones en poderío económico. Preparé mi lista siguiendo un criterio que siempre he defendido: la tecnología no se comprende del todo si no se analiza el sistema de poder que la rodea y si no se cuestionan los supuestos que damos por inevitables. Por eso mi lista fue encabezada por Shoshana Zuboffcuya teoría del capitalismo de vigilancia ha redefinido la conversación pública sobre la privacidad y los modelos económicos de las plataformas, y por Luciano Floridiun filósofo que no solo habla de la tecnología, sino que propone una ontología completa para entender la condición digital contemporánea.
Además de Zuboff y Floridi, mi propuesta incluía a Cory Doctorowcuya disección del capitalismo de plataformas y de la enshitificacióno degradación progresiva de los servicios digitales resulta imprescindible para entender por qué internet funciona cada vez peor para sus usuarios y cada vez mejor para quienes extraen rentas de ellos; a George Monbiotque conecta la tecnología con los desafíos ecológicos y políticos de nuestro tiempo sin caer en simplificaciones; a Ray Kurzweilcuya visión transhumanista, polémica pero influyente, ha marcado buena parte del imaginario futurista contemporáneo; a Mark Coeckelbergh y Mariarosaria Taddeodos de las voces más rigurosas en ética de la IA y en gobernanza algorítmica; a Éric Sadinquizás el crítico más incisivo de la deriva tecnocrática de Silicon Valley; a Azeem Azharque sitúa la aceleración tecnológica en su contexto económico e institucional; ya Cathy O’Neilpionera en denunciar los sesgos y la opacidad de los sistemas algorítmicos. Todos ellos, desde distintas perspectivas, son referencia para mí y conforman un mapa coherente de los debates que realmente importan cuando hablamos del impacto de la tecnología en nuestras sociedades.
Cuando El País me comunicó que, entre todas mis propuestas, querían que escribieran una breve pieza sobre Luciano Floridi, la elección no pudo parecerme más acertada. Floridi es, seguramente, el único pensador que ha conseguido dar forma sistemática a una filosofía de la era digital sin caer ni en la seducción tecnófila ni en la nostalgia de tiempos supuestamente más simples. Su idea de la «infosfera» como entorno híbrido donde lo online y lo offline dejan de ser categorías diferenciadas, y su noción de vida en la vidaconstituyen mucho más que recursos retóricos: son una forma de explicar por qué la tecnología ya no puede entenderse como un simple conjunto de herramientas, sino como el medio en el que transcurre nuestra existencia y se moldean nuestras decisiones. En el artículo que finalmente publicó, intentó captar esa dimensión profundamente estructural de su pensamiento, y también su insistencia en desplazar el foco ético desde la reacción hacia el diseño responsable. Floridi no propone «poner límites», sino repensar desde cero qué significa actuar bien en un entorno donde nuestras acciones están mediadas por sistemas algorítmicos que también influyen en nuestra moralidad.
Lo interesante llegó cuando el suplemento Ideas publicó el especial con los pensadores más influyentes. Al abrir el PDF que me enviaron, me encontré con algo que siempre resulta revelador: las coincidencias entre lo que propuse y lo que finalmente seleccionó el medio. Shoshana Zuboff, que encabezaba mi lista, aparece también en el número uno del reportaje, comentada por Núria Oliver. Otro de los nombres que incluye, Éric Sadin, figura igualmente entre los destacados, perfilado por Ramón López de Mántaras.. Y aunque mis otras nominaciones no coincidieron, el conjunto refleja una clara orientación: un interés por los pensadores que cuestionan la estructura de poder que subyace a la tecnología, la erosión de la privacidad, la automatización de decisiones y la creciente asimetría entre usuarios y plataformas. Es decir, exactamente los debates que consideramos más urgentes.
La lectura completa del especial confirma esa impresión. El suplemento reúne perfiles escritos por distintos autores que subrayan no tanto las frases brillantes de cada pensador, sino la arquitectura conceptual que aportan. Desde la crítica de Sadin a la «siliconización del mundo» hasta las reflexiones sobre vigilancia, identidad o autonomía que recorren el resto de los perfiles, el conjunto ofrece una panorámica de un pensamiento tecnológico que se aleja de la mitología del progreso inevitable y se concentra en lo que realmente importa: la agencia humana, la responsabilidad y la capacidad de imaginar futuros alternativos.
Mi contribución sobre Floridi, publicada junto a la ilustración característica del suplemento, insistía precisamente en esa necesidad de abandonar la idea de que podemos evaluar la tecnología desde fuera, como si fuese un objeto externo, y reconocer que opera desde dentro de nuestras estructuras cognitivas y sociales. Su enfoque puede parecer académico o incluso normativo, pero también es cierto que alguien debe pensar en ese nivel si queremos que el debate público deje de ser un ruido superficial de títulos y opiniones apresuradas.
Participar en esta iniciativa ha sido, además de un honor, una oportunidad para comprobar que existe un interés real, incluso en los medios generalistas, por elevar la conversación tecnológica. No se trata de decidir «quién tiene razón», sino de reconocer que entender la tecnología exige escuchar a quienes dedican su vida a pensarla con profundidad. Y, al menos esta vez, da la sensación de que la selección colectiva ha señalado a quienes realmente están ayudándonos a imaginar otro futuro, uno más consciente de los riesgos, pero también más comprometido con la responsabilidad y la imaginación.
Un ejercicio que, sinceramente, deberíamos hacer más a menudo.



