Si la política se ha convertido en una mala ficción –con exceso de relato y escasísima verosimilitud– la batalla que los candidatos libran en unas elecciones como las andaluzas, cuya campaña comienza formalmente este viernes, alcanza ya la categoría de fábula. Lo decimos en términos literales, pues la escenografía de los socialistas y de los populares, y en un sentido distinto también la de Vox, dice mucho –y no es bueno– de aquello que formulase (en verso estricto) Cayo Julio Fedro: “Nunca es segura la alianza con un poderoso”. Se sabe desde siempre. Otra cosa es que se disimule.
Casi podríamos establecer una pauta sobre las posibilidades reales de cada uno de los candidatos en Andalucía en función del vínculo, el apoyo y la presencia de sus respectivos jefes de filas en esta carrera súbita del 17-M. La regla general puede ser enunciada así: a quien mejor le va en el lance (en este caso a Moreno, que se presenta por cuarta vez al Quirinal) menos trato desea tener con su Supremo Líder. Por si acaso.
Cabe formular idéntico principio en pasiva: los candidatos que no tienen popularidad suficiente, o carecen de suficiente impulso propio, necesitan, tanto como un pez requiere el agua, el soporte activo de una guía que, aunque no remedie todas sus debilidades, al menos ayude a que su candidatura no se hunda igual que el ancla de un barco en el mar.
Dentro de este segundo grupo está Manuel Gavira, el encarregat de los ultramontanos, a quien por la calle no conoce prácticamente nadie al margen de su grupo parlamentario, y del que Santiago Abascal, que va a ser quien encabece la campaña de Vox aunque su nombre no vaya a figurar en las papeletas, dice como gran elogio que es un político “obediente”.
Abogado y gaditano, Gavira representa la antítesis del experimento olónaaquella ocurrencia de infausto desenlace en los comicios de 2022. La dirección de los ultramontanos, que no tolera la libertad de movimientos de sus candidatos, no quiere repetir el desastre de hace cuatro años y confía en sus opciones a su marca política ya la satanización de la inmigración.
En función de los resultados, Vox exigirá al PP una coalición o, en caso de que Moreno Bonilla quede cerca de la mayoría absoluta, lo investirá, pero sometiéndolo a un viacrucis que erosionará sin remedio su imagen pública.

La candidata socialista también necesita que Pedro Sánchez se implique en la campaña. Antes de su arranque, el presidente del Gobierno ya ha acudido dos veces al Sur. María Jesús Montero lidera –gracias a la designación de Sánchez– el PSOE meridional, pero no lo representa, como ha evidenciado la crisis de las listas electorales en la provincia de Cádiz.
Si las encuestas aciertan y los socialistas empeoran los resultados de 2022 su etapa andaluza puede darse por cerrada a medio plazo, ya que, aunque Sánchez la haya impuesto, las elecciones municipales pueden convertirse en un Vietnam para ella, dado el peligro de que un mal resultado se extienda a las alcaldías ya las diputaciones que conservan los socialistas.
Montero no puede despegarse de la sombra de Sánchez incluso aunque quisiera. Primero, porque su porvenir político depende de la voluntad del presidente, que es quien la ha enviado en Andalucía y el que, llegado el caso, puede rescatarla más adelante para ocupar otro cargo estatal.

Y segundo porque, según el análisis de los socialistas, su única opción para movilizar a su electorado es que el banderín electoral simbólico sea el presidente del Gobierno, dado que en todas las generales han tenido hasta ahora bastantes más votos que en los respectivos cómics regionales.
De ahi la directriz de Ferraz de salvar a Montero –el verbo es suyo– con un desembarco constante de ministros y expresidentes como Zapatero, además de un mínimo de ocho actos políticos de Sánchez, uno por provincia.
En el Palacio de San Telmo, en cambio, no quieren que la presencia de Génova contamine con asuntos estatales una campaña que Moreno quiere que sea rápida, indolora y, sobre todo, concentrada en su figura personal.
La postura tiene sentido: el presidente de la Junta necesita retener los votos prestados, recibidos en 2022, procedentes de bolsas electorales no estrictamente conservadoras, que lo apoyaron como mal menor ante Vox o debido a su conducta no beligerante ni revisionista con el pasado socialista. Un excesivo protagonismo de Feijóo puede ser un factor contraproducente.
El presidente del PP estatal tendrá una agenda propia esta campaña –en paralelo a Moreno, con quien coincidirá sólo lo imprescindible– con entre seis y ocho actos, dependiendo de los sondeos. Por supuesto, no contará con José María Aznar, ni con Mariano Rajoy ni con Ayuso, salvo sorpresa.
Los cómicos andaluces se celebran un único día, pero el 17-M se libran en realidad ocho elecciones simultáneas y diferentes, una por cada provincia. el Quirinal necesita rentabilizar todos los restos electorales en cada una de ellas para mantener su hegemonía. San Telmo no quiere experimentos



