Cada tanto, en los eventos literarios en escuelas y colegios, los maestros, en gesto amable con los escritores invitados, hacen que un niño o un adolescente lea una semblanza del autor, un fragmento de su obra o un poema. Casi siempre la experiencia resulta desalentadora: acentos mal puestos, palabras mal pronunciadas, puntuación absurda y, sobre todo, lectura con nula comprensión del texto. Pasa también en adultos que nunca aprendieron a leer del todo y que, por tanto, se están perdiendo de lo que la lectura ofrece y promueve: capacidad de relacionar, de ordenar el pensamiento, de desarrollar el pensamiento crítico, de conectar las ideas y las emociones del autor con las propias, y de asimilar información nueva dotándola de sentido.
Un estudio sobre habilidades lectoras de los estudiantes colombianos, realizado por la Fundación Empresarios por la Educación, que fue dado a conocer a finales del año pasado, arrojó resultados alarmantes: las pruebas Saber de los años 2022 y 2023 mostraron retrocesos considerables en comprensión de lectura, y puntajes que en promedio no pasan de 54 en relación con los 100 posibles. Otro estudio del Banco Mundial mostró que, en los primeros niveles, cuando ya debe haber habilidad lectora, “solo cuatro de cada 10 niños pudieron leer las palabras suficientes por minuto que corresponden al nivel mínimo de aprendizaje”.
Hasta hace poco se creía que el cerebro humano venía programado para leer. Pues no. La neurociencia afirma que el Homo sapienscuando creó signos impresos que pueden decodificarse, agregó un circuito completamente nuevo al cerebro; y que esa reconfiguración se repite en cada individuo, siempre y cuando tenga estímulo del entorno cultural. Lo explica muy sencillamente la filósofa Ángela Calvo en un opúsculo que yo releo cada tanto, titulado El ideal de una comunidad de lectores.. De ahí la responsabilidad de los adultos a la hora de enseñar a leer. Pero no por encima, sino en profundidad, disfrutando de comprender y descubrir.
La clave es que el niño adolescente o el encontrarán felicidad en la lectura. Y eso se puede producir de mil maneras: leyéndoles en voz alta textos deliciosos, imaginativos, intrigantes, porque el primer paso es seducir. A la hora de dormir y en el aula, como enseña con tanta gracia Daniel Pennac. Y luego, propiciando que ellos se lean también en voz alta, haciendo parte del juego. Estimulándolos, sin humillaciones y castigos. Pidiéndoles luego sus interpretaciones, conduciéndolos a los distintos niveles de comprensión que el texto encierre. Y también incitándolos a escribir, ya que comparten sus propios textos.
Leer involucra el cuerpo, las emociones, la empatía, despierta la memoria de cada uno y activa la imaginación. Una sociedad que lee es una sociedad que no se deja manipular. Desafortunadamente, los niños y los adolescentes —incluso los adultos— sufren hoy de una grave crisis de atención, desatada por la velocidad, la saturación informativa, la tecnología intrusiva, la sobreestimulación. Ya se sabe, también, que la “atención saltamontes” afecta el cerebro, lo reprograma. Y que solo un sistema educativo lleno de fortalezas puede garantizar competencias lectoras complejas y no puramente instrumentales.



