El próximo domingo se cumplirán 17 años de la llegada de Jokin Aperribay a la presidencia de la Real Sociedad, en medio de un contexto de crispación máxima, y con un futuro sumamente incierto por delante. El equipo se encontraba en la Segunda División desde hacía dos temporadas, y aunque por aquel entonces mantenía vivas sus esperanzas de ascenso, no se lograría el ansiado ascenso. Habría que esperar hasta la siguiente campaña, la primera iniciada bajo la férula del nuevo Consejo, para alcanzar ese objetivo, absolutamente irrenunciable para un club con su historia, y con el presupuesto más alto de la categoría. Ese fue el primer reto que se marcó el presidente Aperribay al acceder al cargo: cualquier proyecto de futuro sostenible, pasaba necesariamente por un equipo en Primera División.
El segundo gran reto del presidente y su Consejo, fue estabilizar la institución en términos de economía, eludiendo la causa de disolución en la que se encontraba inmerso el club, y dotarlo de un equilibrio necesario para seguir dando pasos hacia delante. Han transcurrido más de tres lustros desde aquel día de diciembre de 2008, y se puede afirmar sin temor a errar, que ese objetivo ha sido superado igualmente, y con creces.
Y llegamos al tercero de los grandes retos: el de recuperar un estatus más acorde con el actual estado de las cosas, instalar al equipo en la zona noble de la competición, y mantener en esa posición de forma recurrente. La línea de progresión ha sido claramente ascendente, culminando en los últimos cinco años, coincidiendo con la curiosa cohabitación de dos personajes tan dispares como Roberto Olabe e Imanol Alguacil.
Y ahora llega el cuarto gran desafío, y no menos apasionante: gestionar convenientemente la primera gran crisis del equipo después de alcanzar los extraordinarios logros de las últimas temporadas. La primera decisión, la más traumática, ya ha sido tomada con el cese del entrenador… pero habrán de venir más.
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Las lecciones del pasado
Decíamos que el próximo desafío para los responsables del club es manejar convenientemente este período de crisis. Y para hacerlo, una de las decisiones más importantes es la elección del nuevo entrenador. Si miramos hacia atrás, desde que Aperribay dirige los destinos del club, nueve son los técnicos que han dirigido al primer equipo (lillo ya estaba cuando llegó el nuevo equipo gestor, y santana sólo estuvo de forma interna). Imanol Fue el más longevo, con seis años y medio en el cargo. Fue una apuesta de riesgo, pero firme, tras la poco afortunada etapa de Asier Garitano. La solución, pues, estaba en casa. El segundo en el ranking de permanencia, fue Eusebio Sacristáncon casi dos años y medio al mando. En esta oportunidad se optó por una solución intermedia: no era de la casa, pero era española y conocía perfectamente la competición. Martín Lasarte y Felipe montanier Fueron dos apuestas diferentes pero que cumplieron con creces, cada uno en su ámbito. Nos quedarían Jagoba Arrasate que, a pesar de las dudas, llevó con dignidad el relevo del francés y, finalmente, el escocés. moyesun capricho del presidente que resultó el mayor fiasco de la historia reciente. Si buscamos una referencia, hay para elegir.

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Siempre es la hora de los jugadores
Cuando un proyecto fracasa, hablo de fútbol, el primero en pagar las facturas es siempre el entrenador; Va en el cargo, de acuerdo, pero todos vemos que ahí no se acaba el problema en la Real, porque los auténticos protagonistas son los futbolistas. Es entonces cuando se recuerda aquello de “ha llegado el momento de los futbolistas”. ¿De verdad? Y, ¿dónde estaban hasta ahora los futbolistas?

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La culpa es de Mikel Oyarzabal
Me propuse no decirlo en voz alta, simplemente, lo pensé, me lo guardé, y esperé. Y ocurrió justo lo que me temía: la Real pecado Mikel Oyarzabal es menos…bastante menos. Tres son los encuentros de Liga en los que el capitán se ha ausentado, y el equipo ha firmado un balance devastador: tres partidos (Villarreal, Alavés y Girona), tres derrotas. Lo dicho, la culpa de todo la tiene Oyarzabal.



