Por: Leonardo Vásquez
Durante décadas, en la República Dominicana, la política fue vista por muchos como un mecanismo de protección. Un espacio donde algunos buscaban refugiarse del peso de la ley, asegurar impunidad o abrirse camino a oportunidades económicas a la costa del Estado. Narcotráfico, corrupción y ciertos sectores empresariales encontraron en la actividad política una vía para blindarse.
Hoy, este panorama comienza a cambiar.
Los recientes casos de corrupción que han salido a la luz —incluyendo situaciones sensibles en instituciones como SENASA y los vínculos entre política y narcotráfico— están enviando un mensaje contundente: la política ya no puede ser utilizada como escudo. Y lo más importante es que este mensaje no distingue colores partidarios ni niveles de poder.
El precedente que se está marcando desde el Estado, bajo el liderazgo del presidente Luis Abinader, es claro: quien incurra en corrupción, robo, lavado de activos o delitos vinculados a sustancias ilícitas, deberá enfrentar consecuencias, aunque pertenezca al partido gobernante o tenga influencias. Esto rompe con una cultura histórica de impunidad que tanto daño le ha hecho al país.
Pero más allá del castigo, este nuevo contexto abre una oportunidad inédita.
Se abre una brecha para los jóvenes, para la clase trabajadora, para quienes venimos de abajo y siempre hemos tenido vocación política, pero no recursos económicos ni padrinazgos. Durante años, muchos se mantuvieron al margen por miedo, por desventaja o por no querer competir con dinero mal habido. Hoy, ese escenario comienza a reconfigurarse.
Cuando la política deja de ser garantía de protección para el delincuente, se convierte en terreno fértil para el ciudadano honesto. Cuando el dinero pierde peso frente a la transparencia, las ideas recuperan valor. Y cuando la sociedad empieza a cuestionar el origen de los recursos, también comienza a votar con mayor conciencia.
Este proceso también interpela a la ciudadanía. No todo se compra con dinero. No todo voto debe negociarse. Muchos cargarán con la culpa histórica de haber aceptado recursos provenientes del narcotráfico o la corrupción. El verdadero cambio también exige una ciudadanía más responsable y menos tolerante con las prácticas que han degradado la democracia.
Hoy más que nunca, el país necesita liderazgos nuevos, propuestas frescas y políticas que caminen las comunidades, que conozcan los problemas reales y que ofrezcan soluciones concretas. La política debe volver a ser un instrumento de servicio, no un negocio.
Si este momento se consolida, la República Dominicana puede estar ante el inicio de una transformación profunda: una política donde la integridad deje de ser desventaja y se convierta, por fin, en el capital principal.



