Lo contó en el pódcast ‘Empezar D-Zero’. Rodeos de pecado. Con imágenes que aún pesan. «Casualmente estábamos en la puerta de Alcalá, que está muy cerquita y cuando dieron el aviso de que había habido una explosión en Atocha, no un atentado, tardamos un minuto en llegar y ya vimos el humo negro. Vimos a la gente saliendo como zombies, a los supervivientes y según bajábamos las escaleras, que vimos la segunda bomba, bajamos ya al andén era un horror tremendo, porque la gente te pedía ayuda, pero eran gritos, eran susurros, echarte la mano… no podías ayudar a casi nadie. Yo me fui con un médico del Samur y le ayudé a lo que él me pedía, porque era la única forma. Pero me quedé con restos humanos en la mano por intentar ayudar, imagínate».
Aquel impacto no fue solo profesional. Fue íntimo. «Aquello fue terrorífico y me cambió mi prisma de la vida, evidentemente. Fue llegar a casa y ponerme a llorar con mi mujer y mis hijos y estar contento de estar con ellos porque la segunda bomba que habíamos visto era para los policías y aquello me hizo ‘tac’. Vimos la mochila debajo del banco, llamamos a los TEDAC y se pudo hacer una explosión controlada. Me ha tocado eso, me ha tocado la DANA… me han tocado cosas que son brutales».
La jornada aún guardaba otro golpe. «Me llamé un amigo para decirme que su sobrino iba en el tren y que no sabían nada de él. Me fui durante la tarde hospital por hospital y le encontré. Estaba entero, pero su amigo falleció porque le hizo a él sin querer de parapeto».



